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Diario de la desesperación: la “odisea” de vivir sin celular en pleno siglo XXI

"Todavía no puse en off el teléfono y ya comienzo a sentir un cosquilleo que, creo yo, es angustia anticipada...", comenzó contando el periodista Pablo Sigal para el diario Clarín

30 años de la llegada del teléfono móvil a la Argentina, un periodista de Clarín intentó pasar una semana sin el suyo y lo cuenta. Una experiencia que oscila entre la liberación, la recuperación de un tiempo de otra época y la tentación constante por volver a conectarse.

Domingo (la previa)

Dejar de usar el celular es una decisión complicada. No sólo para el que la asume, sino también para los demás. ¿Cómo ubicar al que se desconecta? ¿Cuál es la alternativa al WhatsApp? Un sondeo rápido entre mis conocidos me ha dado la pauta de que no hay mucho candidato dispuesto a aceptar el desafío. Cada uno esgrime sus motivos: algunos, familiares; otros, de trabajo; un tercer grupo se considera demasiado adicto al celular y a las redes sociales como para animarse. ¿Por qué he aceptado yo entonces someterme al experimento? Acabo de empezar una semana de vacaciones. En rigor, debería haber apagado hoy el celular. Pero cuestiones laborales -que no viene al caso explicar aquí- han postergado un día el inicio de la desconexión. El viejo mail –a través de la PC– y la línea de teléfono fija, que aún conservo, serán por los próximos días mis únicas vías de comunicación

Supongo que mi familia lo valorará. Estaré más tiempo disponible. No tendrán que compartirme con mi pantalla personal. Serán unas vacaciones a pleno, como hace años no sucede. Sin embargo, al contarles el plan la primera reacción es desconcertante. Me dicen que la logística hogareña se resentirá y que para ellos será difícil acomodarse. ¿Acaso no hay gente que nunca en su vida ha usado celular? Es poca, pero la hay, narraba Pablo Sigal para Clarín.

Todavía no puse en off el teléfono y ya comienzo a sentir un cosquilleo que, creo yo, es angustia anticipada. Mi mente ha migrado a otras latitudes, sumida en la incógnita de cómo será la vida a partir de mañana. Bajé al supermercado a hacer una compra y al regresar me di cuenta de que había olvidado un artículo en la caja. Volví a buscarlo. Se supone que el nuevo escenario permitirá que me concentre más en las cosas que suceden por ‘fuera’ del celular. Pero a esta hora, la inminencia de la desconexión me ha descentrado. Una sensación similar a la que suele invadirme en vísperas de viajes en solitario a sitios desconocidos.

Lunes

Ha pasado media hora desde la medianoche y el teléfono ya está apagado sobre la mesa de luz. Lo dejé cargando, pendiente del momento en que lo vuelva a prender. Pasé las últimas horas de ayer devanándome los sesos sobre si debía someterme al experimento o no. Me considero un usuario del montón. No soy un gran adicto al celular, pero tampoco me da lo mismo. Sé que voy a sentir su ausencia. En breve apagaré el velador. Cuando despierte empezará la abstinencia.

Se han hecho las 9 de la mañana. Veo el teléfono donde lo dejé. Lo desenchufo y lo guardo en un cajón. Mi mujer, que anda dando vueltas desde temprano, me hace un gesto cómplice. Sabe que el experimento ha comenzado.

Sin celular, la comodidad decrece. Spotify, los diarios electrónicos, la cámara de fotos, la agenda de contactos o el Waze serán algunos de los diezmos del padecimiento. ¿Puedo usar el WhatsApp de escritorio? Decido que no, porque sería una trampa. Si me quedara el día entero sentado frente a la PC respondiendo mensajes, el experimento perdería valor. Antes de apagar el celular he puesto en mi estado: “Desconectado por una semana”. Un aviso a mis contactos pero también una expresión de deseos: creer que podré llegar al próximo lunes sin prender el teléfono.

Primer síntoma de la abstinencia: no tener el celular me hace pensar todo el tiempo en el celular. Pienso en el vacío y, como consuelo, escribir sobre ese vacío. Hace unos minutos salí al palier a sacar una bolsa de residuos y en vez de abrir la puerta de madera del cuartito de la basura hice lo propio con el picaporte de la del ascensor. El ascensor estaba en otro piso. Por suerte la puerta no se abrió.

Me preparo el desayuno y no encuentro el dulce de leche en la heladera. Recuerdo que se terminó. No sé si hay otro. El acto reflejo es llamar a mi mujer para preguntarle, porque ha salido. Pero enseguida abro una de las alacenas y compruebo que hay un pote nuevo. No hacía falta llamar, no hacía falta el celular, no hacía falta mandar un mensaje para que me dijera que hiciera lo que hice. El dulce de leche estaba ahí, puerta de alacena de por medio. Mucho más cerca que mi mujer, pero un poco más lejos que el celular cuando éste se encuentra, normalmente, en mi bolsillo.

Mis hijos se levantan y me preguntan cómo estoy. Me lo preguntan como si hubiera perdido a un ser querido. Ellos no entienden bien por qué estoy haciendo este experimento. Mi mujer, ya de regreso, bromea. Dice que vamos a recuperar nuestra relación de pareja porque, al menos por esta semana, no estaré mirando la pantalla del celular mientras digo que estoy escuchando lo que me dice.

“Qué lindo se siente que vos no puedas usar el celular y yo sí. Es como una penitencia”, dice una de mis hijas, echada en el sofá con su pantalla portátil. Yo orbito la casa sin brújula. Mientras camino, leo El Presidente, de César Aira, una novela breve como casi todas las del autor.

Soy un espectador. Miro a los demás con sus pantallas. Han pasado once horas desde que comenzó el experimento y todavía no salí de casa. Será el momento bisagra. Andar sin bastón. Mantener el equilibrio. ¿Qué pasará si necesito comunicarme desde la calle? La ciudad ya no está diseñada para el que no tiene celular. ¿Quedan locutorios? Teléfonos públicos creo que no.

Mi objetivo inmediato es tratar de olvidarme de que no tengo el móvil a mano. Cuando me acerco a la mesa de luz, el cajón en el que está guardado se yergue como una amenaza. Podría abrirlo, tomar el teléfono, encenderlo y ya. Dar por tierra con el experimento. Pero por ahora decido continuar. Veo el celular de mi mujer sobre la mesa de la cocina. Ella está por salir otra vez y le llamo la atención para que no se lo olvide. La casa está poblada de pantallas. Cada vez que veo una me estremezco.

Vuelvo al libro, página 27. El Presidente está tratando de ingresar al Hospital Argerich, que en la ficción aparece blindado. “Tenés que leer, no hay otra cosa para hacer”, dice irónica mi otra hija, al acercarse con su teléfono en la mano y fascinada con el experimento. Por ahora siento que la renuncia al celular ha generado mayores efectos en el entorno que en mí. Es más, por el momento –y lo digo con el temor de que ese momento se agote rápido- el sentimiento es de liberación. De novedad y liberación. De oportunidad. La oportunidad que trae consigo cualquier experimento.

La realidad es extraña. Basta que uno decida tomar un camino para que el contexto se ciña. Ayer, cuando faltaban pocas horas para comenzar con la abstinencia, recibí dos mails: uno es una encuesta de una universidad privada, que da cuenta de la preocupación de los padres por la sobreexposición de los chicos al celular. Otro es una columna de una otorrinolaringóloga, que habla de los efectos del celular en el cuerpo.

Ahora, mientras transito el libro de Aira, leo lo siguiente: “Una vez que se convenció de que no podría retenerlo más, y que debía rendirse a la evidencia de que su hijo adorado ya no era exactamente un niño, aunque lo pareciera, compró con sacrificio un comunicador que constaba de dos óvalos de metal con diez botoncitos de colores diferentes. Al usarlos en determinado orden en uno de los aparatos, sonaban en el otro, y sus notas le decían al receptor que el emisor estaba vivo y en buen estado…”.

Ya han pasado doce horas de abstinencia y me doy cuenta de que, sin haberlo planeado, atravieso una primera fase de adaptación al estado de desconexión. Como los chicos cuando empiezan el jardín. Primero unas horas, con los padres afuera, hasta que finalmente se quedan solos toda la jornada. En este caso la adaptación consiste en que todavía no he salido de casa. Esto implica tener siempre a mano la PC, donde si quiero puedo mirar los mails. Pero sé que llegará el momento en que deba salir. Y ahí empezará otro capítulo.

Alguna vez me ha pasado de dejarme el celular en casa, pero he vuelto a buscarlo para remediar el olvido. Ahora esa posibilidad está descartada. El fantasma del teléfono empieza a volverse omnipresente a medida que se aproxima el instante de entregarme a la calle. Meto mi mano en el bolsillo vacío y observo sobre la mesada de la cocina una botella de vino a medio tomar, que ha quedado de anoche. Fantaseo con que una copa ahora podría darme coraje. Dejo de dar vueltas y salgo.

La abstinencia es como un “síndrome de bolsillo vacío”, que se empieza a sentir más al andar a cielo abierto. He parado en un restorán a almorzar y noto que la ingesta de alimentos (más contundentes que el desayuno liviano de la mañana) determina que, por primera vez en el día, la renuncia al celular se me pase inadvertida. Comer satisface la ansiedad.

Camino por el barrio y relevo al voleo que una de cada tres personas que pasan a mi lado está haciendo algo con el celular. Es llamativo, incluso, que haya gente con chicos en la calle y el teléfono en la mano. No juzgo, describo. En condiciones normales también ha habido veces que en la vía pública le he prestado más atención al celular que a mis hijos.

Llevo 15 horas con el celular apagado y guardado. Voy con mi hijo a la plaza. Mientras él juega, no tengo con qué entretenerme. No puedo revisar los mails, ni los sitios de noticias, ni los últimos tuits. Sólo puedo ver cómo él se divierte. A mi lado, en el banco de la plaza, una persona está sumergida en su teléfono.

Turno con el pediatra a las 16. Sala de espera. Hija dice: “¿Sentís como que te falta la tercera mano, no?”. “Hija dice”. No entiendo por qué se ha puesto de moda hablar así en las redes. Hija le da argumentos al pediatra de por qué quiere ser vegetariana. Médico comprende y respalda. Dice que no hay riesgo para la salud si la dieta es variada. Padre intenta seguir siendo ‘vegetariano’ del celular hasta que aguante (fin de la parodia tuitera).

A la salida del consultorio, en un bar, consigo el diario de papel. En vacaciones tiene su encanto leerlo tarde, cuando las noticias ya no importan. Aunque las noticias ya no importen siquiera a la mañana. Sólo importan en el celular. Me ha emocionado encontrarme con el diario sobre la mesa. Su existencia ha cobrado un sentido que hasta ayer había dejado de tener, precisamente por culpa del celular.

Han transcurrido 19 horas desde el comienzo de la abstinencia. Bajo a hacer compras para la cena. La idea original queda abortada porque la pescadería cerró. Hay que buscar un plan B. Sin celular, debo volver hasta mi edificio para hacer la consulta de rigor por el portero eléctrico. Luego voy a la verdulería. Hay que esperar. Mientras espero me recuerdo en otras oportunidades, en la misma situación, sacando del bolsillo el teléfono para matar el tiempo. Ahora no mato nada. Sólo espero. Y miro. Miro a la gente que pasa por la calle. Vuelvo a mirar como miraba antes de adquirir mi primer celular inteligente. Aunque nunca será como antes, porque en el medio han sucedido cosas y no debo ignorar que esto es sólo un experimento.

A las 20.30 despierto de una breve siesta involuntaria. Es la primera vez que extraño el celular. Tal vez sea por lo espontáneo del sueño. Anoche había estado todo previsto: sabía que me iba a dormir y que cuando despertara no podría usar el teléfono. El cuerpo de alguna manera se había empezado a preparar para la mañana de abstinencia. Ahora, en cambio, tras esos minutos no programados de inconsciencia el resultado ha sido diferente.

Reviso los mails en la PC por si hay algo que responder con urgencia. Hay sólo un mail de trabajo que me reclama cierta premura. Pero la demanda data del mediodía y ya son cerca de las 21. Además, para resolver lo que me están pidiendo necesito una contraseña que no recuerdo, y que tengo guardada en el celular. A esta hora espero que hayan podido solucionar el problema de otra manera.

Durante la cena surge ‘el experimento’ como tema de conversación. Recordamos los modelos de celulares que hemos tenido a lo largo de los años. Luego hablamos de otra cosa y tengo un fallido: quiero decir reloj y digo “teléfono”. Sustitución de sustantivo. Como si ‘teléfono’ se transformara en el comodín del idioma para nombrar cualquier cosa.

Han pasado 22 horas desde el inicio de la abstinencia y la incógnita persiste: cuánto tiempo más podré resistir sin que las mieles del artefacto que sigue ahí, guardado en el cajón de la mesa de luz, se eleven como el genio de la lámpara con el propósito de doblegarme.

Martes

Un animal que abandona su ecosistema. Así me he empezado a sentir en el comienzo de este nuevo día. La sensación de estar en un barco que se aleja del continente, con destino incierto. He superado las primeras 24 horas de abstinencia al celular y he arribado a una primera conclusión: su ausencia es más fuerte que su presencia.

El comienzo de la abstinencia ha coincidido, además, con mi momento de mayor participación en las redes sociales. Hace un año este experimento me hubiera resultado indiferente. No hubiera tenido que descuidar mis cuentas de Twitter, Facebook o Instagram porque sencillamente no les prestaba atención. En el último tiempo eso ha cambiado. La imposibilidad de publicar en las redes, si bien hasta ahora no me ha afectado y no creo que lo haga de forma severa, se suma al contratiempo de no disponer del WhatsApp.

Ninguno de estos problemas es grave, claro. Cualquiera podría opinar que es una reverenda frivolidad y que el “síndrome de bolsillo vacío”, más que la abstinencia al celular, es no tener dinero para comprar comida. Y estaría en lo cierto.

Uno se pregunta cómo fue posible que la generación de nuestros padres haya podido sobrevivir sin celular. Incluso nosotros mismos, cuando éramos más jóvenes. La respuesta, supongo, es que no había alternativa. Cada generación adopta los hábitos que la tecnología de su época habilita. A fines de los ’80, en la Argentina, nadie tenía la necesidad vital de tener un celular. Cuando el celular apareció, provocó la necesidad. Es la historia del capitalismo.

Fantaseo con que este experimento sea un modesto intento de resistencia al sistema de acumulación de riqueza que nos rige. La parte de capitalismo que me toca. Aunque sea por unos días. Sin ingenuidad, con la certeza de que se trata apenas de un artificio, cuyo fin no es otro que atravesar la experiencia y contarla.

Esta mañana he abierto los ojos con ganas de usar el celular. Son las 8.30. Han pasado 32 horas y media desde el comienzo de la abstinencia y la razón empieza a resquebrajarse a fuerza del deseo. Tener el celular en la mano, sentir el tacto de la funda en la piel, volver a identificar ese vínculo único que hay entre uno y el teléfono tuneado a discreción. Mi teléfono, ése que por esta extravagancia experimental permanece guardado en un cajón

Ayer empezaba a pensar en la desintoxicación, en la agradable sensación de que las vacaciones sin celular mejoren la calidad del ocio. Ningún mensaje que interrumpa el descanso, ningún ritual en la pantalla que se emparente con el tiempo de trabajo. Todo muy racional, pero por detrás ha comenzado a incubarse el caldo del hábito resentido, y hasta el sinsentido del amor no correspondido. El teléfono, siempre incondicional, caído en el olvido. Como si el teléfono tuviera un alma. Es una estupidez, pero no puedo dejar de notarlo.

Es claro que si no tuviese como propósito este experimento, ya hubiera vuelto a agarrar el celular. Recostado en la habitación en penumbras, el tiempo que habitualmente usaría para navegar en la pantalla lo ocupo en observar. De repente se me representa un rostro -visto como estoy, de costado en la cama- formado por algunos objetos: la pantalla cilíndrica del velador es la nariz; dos dobleces de la cortina, en un plano posterior, son los labios; el reflejo que viene de afuera y atraviesa la persiana dibuja una dentadura.

Cuando era chico me la pasaba encontrando rostros donde no los había: en las nubes, por ejemplo, o en las cabezas de las personas vistas al revés, en las que el mentón es una nariz prominente y las pequeñas arrugas que se le forman debajo son los ojos. La boca sigue siendo la boca, pero invertida.

A las 9.30 reviso en la PC los sitios web de los diarios. Concentrarme en la lectura de los principales temas del día hace que me olvide completamente del celular: una especie de inoculación de rayos de luz traducidos en información que engaña al cuerpo, como parches de nicotina para dejar de fumar.

La dificultad para abstenerse de un hábito depende de cuán vulnerable a la adicción sea un organismo. En mi caso creo que no tengo una personalidad adictiva. Hace años que fumo un solo cigarrillo por día, cuando lo hago. Por épocas dejo de fumar durante semanas. Pero con el celular es diferente. Lo miro varias veces por hora y ahora ese reflejo ha sido reprimido.

Cada cual tiene sus ritos. Uno de los míos es tocar la pantalla del celular cuando vuelvo de la ducha, para ver si he recibido algún mensaje. Recién, al regresar del baño a la habitación, busqué por un instante el celular sobre la mesa de luz para hacer eso que hago siempre. Una milésima de segundo después recordé que no era posible.

Mientras me duchaba me enrosqué en la incógnita de cuántos whatsapp pude haber recibido en estas primeras 34 horas de experimento. Y qué estarán pensando los remitentes sobre la falta de respuesta. Al menos sabrán que no les he ‘clavado el visto’, porque ni siquiera figurarán como recibidos. Es cierto que a último momento he dejado el mensaje en mi estado para que se supiera que estaría desconectado por una semana, pero siempre algún distraído lo ignora. Pensará, tal vez, que estoy de viaje sin roaming. Da lo mismo.

Arte mata celular. “Soy un ángel de hambres muy bien reales. Soy tan frágil que tengo con vos que transformarme”, canta Spinetta vía Spotify en los parlantes de mi PC. Caigo en la cuenta de que los cd’s murieron mucho antes que la irrupción del bluetooth. Y no lo quise ver. No los quise vender. Los tengo a mi derecha. Un montón de cd’s. Un cementerio de cd’s. Un montón de tiempo invertido en buscarlos y encontrarlos, tanto acá como en otros países, los que no se conseguían acá. Hasta que ese tiempo dejó de ser importante porque pasó a ser ocupado por el celular.

Observo al pasar el celular de mi mujer y una sensación de vacío me invade la boca del estómago. Avanzo en la lectura de El Presidente y me asombra la cantidad de errores de tipeo que encuentro, en particular en el capítulo que va de la página 59 a la 64. Los editores deberían cuidar más al recurrente candidato argentino al Nobel de Literatura. Este capítulo cuenta que el protagonista siempre ha querido escribir un diario personal, pero no lo ha hecho porque siente que nunca le pasan cosas importantes, y al mismo tiempo le pasan demasiadas cosas sin importancia que le llevarían una eternidad ponerlas por escrito.

Me doy cuenta de que no he prendido el televisor en toda la mañana. No sé qué está pasando en el país ni en el mundo. En eso el celular es una ventana siempre abierta. Sin esa herramienta, el acceso a la información se me ha vuelto eventual. Tengo que prender la tele, poner el canal de noticias, buscar. Todas esas cosas que con el teléfono inteligente funcionan casi por ósmosis, aunque uno no quiera.

Han pasado otras cinco horas y he permanecido lejos de la PC. Estuve en la calle, manejé el auto, por momentos sentí el bolsillo vacío. La gente que me acompañaba tenía celular, por lo que en realidad no estaba del todo desconectado. Pero en lo personal, nunca en por lo menos las últimas dos décadas había pasado tantas horas sin conexión. Ni siquiera estando en el exterior, donde aunque uno carezca del paquete de datos siempre hay algún lugar con wifi donde rascarse.

Ocurrió algo curioso. El domingo, antes de apagar el celular, tuve la precaución de repasar en el WhatsApp una dirección a la que tenía que concurrir hoy por la mañana, por una invitación que había recibido. Y lo olvidé. Iba caminando, a eso de las 13, luego de estacionar en una calle de Palermo, y de repente me vino a la cabeza la cita en cuestión. Era una de esas funciones privadas de cine previas a un estreno. Espero que no me hayan esperado, ni intentado localizar por WhatsApp

Creo que el olvido tuvo que ver con este estado al que vivo sometido hace ya 41 horas, en el que el mundo parece haber rescindido su contrato con la gravedad. Es como si flotara. Me falta el ancla del celular. Los días parecen más largos, las horas pasan más lento. Todo el tiempo que antes usaba en mirar el celular ahora lo dedico a otra cosa. A cosas de la vida real. En condiciones normales uno divide el tiempo en dos vidas paralelas, la real y la virtual. Sin celular, no hay necesidad de reparto. La vida se vuelve un pleno.

Así es la abstinencia a medida que la conozco, con sus momentos de euforia y sus momentos de angustia. Hay situaciones ideales para llevar la mano al bolsillo y echar a rodar una aplicación. Sobre todo cuando uno está en soledad. Lo ideal sería poder ser más selectivo a la hora de sacar el móvil. Evitar el gatillo fácil, identificar el exceso. Pero es complicado, porque a diferencia del alcohol, que hace sentir sus efectos en el cuerpo y nos permite frenar a tiempo si lo deseamos, el celular es un estresante silencioso. Y su estrategia es la del chicle globo: cuando ingresa en la boca no se puede parar de mascar.

Hago la cuenta. Todavía faltan 125 horas y media para llegar a la meta fijada -en principio de una semana- y siento que el objetivo se me vuelve cada vez más cuesta arriba. Es porque ha pasado la novedad inicial, el deslumbramiento que en el comienzo le echaba combustible al experimento. Podría renunciar, nadie me lo impide, pero creo que cuanto más pueda extender este dulce martirio más completa será la radiografía del comportamiento frente a la repentina desaparición de uno de los objetos más trascendentes inventados por el hombre. Por lo pronto, saldré a la calle a tratar de superar el momento de debilidad.

Ahora que lo pienso, transcurridas 44 horas de abstinencia, ¿por qué ha surgido esta voluntad de ‘veto’ al celular? Quiero decir, ¿por qué el celular y no cualquier otro desarrollo tecnológico? ¿Por qué no abstenerse de la electricidad, la heladera, el lavarropas, el horno a microondas, la TV, la PC o el auto?

Una primera respuesta: este año se cumplen 30 años del debut del celular en la Argentina y, en ese contexto, este experimento busca escudriñar los laberintos de la dependencia generada por el objeto en cuestión, que por otro lado es más que un desarrollo tecnológico. Porque nadie cambia la heladera cada dos años, la TV ya no importa tanto y la PC ha pasado a depósito o permanece escondida en algún rincón de la casa. El auto podría ser el único artefacto aspiracional como competencia del celular. Pero por posibilidad de acceso, el celular es universal. Salvo excepciones, abarca a jóvenes, adultos, ancianos, mujeres y hombres por igual.

Segunda respuesta: el celular es también el objeto más cuestionado, eje de debate en el que más revolcadas pueden pegarse apocalípticos e integrados. Todo el tiempo aparecen estudios sobre los peligros de la sobreexposición, algo que no ocurre por supuesto con la heladera: a nadie se le ocurriría que hay que prenderla sólo unas horas por día (mientras se pueda pagar la factura, claro). Mientras que el auto como cómplice de la obesidad, el microondas como un riesgo para la salud y el lavarropas como amenaza para el medioambiente han protagonizado algunas polémicas, pero nunca atrajeron tanta crítica como el móvil.

Cuarenta y seis horas después del inicio del experimento, la sensación de aislamiento y de estar perdiéndome lo que está ocurriendo ‘allá afuera’ crece. Sin embargo, pienso cada vez menos en el celular. Es un malestar sin objeto, desmaterializado en mi psiquis, inyectado por la nostalgia. Busco una manera de contrarrestarlo. Repaso los cd’s y saco One nation under a groove, de Funkadelic. Mi hijo ayuda: me reclama en el living para cantar rock. Previo a dormir, suplanto la adrenalina que suele aportar la pantalla del teléfono por la tercera temporada de La Casa de Papel.

Miércoles

Han pasado apenas dos días desde el inicio de la abstinencia. Parecieron cuatro. Buen método para duplicar las vacaciones. Ni siquiera ha transcurrido el 30 por ciento del tiempo que pretendo dure el experimento, en esta especie de homenaje a mi ex vida.

Vuelvo a pensar en el celular dormido en el cajón. ¿Cómo estará? ¿Volverá a prenderse cuando apriete el botón de encendido? ¿Modificará en algo su performance por este impasse? El deseo de un reencuentro sigue intacto, pero debo mantener la calma y respirar pausado. Aún faltan cinco jornadas completas si todo sale como lo he previsto. Tres hábiles y dos del fin de semana.

Que el tiempo se pase más lento es un arma de doble filo. Me gustaría que lo haga más rápido. Anoche, antes de apagar el velador, abrí el cajón donde descansa el aparato para observarlo. Fue sólo un segundo. Necesitaba recuperar al menos el contacto visual, aunque la pantalla estuviera negra y yo supiera que el vínculo no podía ir más allá de ese cruce fugaz.

Como dije en el comienzo, elegí esta semana para hacer el experimento porque estoy de vacaciones y no tengo demasiado que resolver. Pero siempre queda algo pendiente. Por ejemplo, tenía que venir una persona a hacer una reparación en el baño. Había quedado en que se iba a comunicar por teléfono para combinar. Cuando hablamos por última vez, no preví que yo esta semana iba a tener el celular apagado. Conseguí entonces el número fijo de la empresa para la que el señor trabaja. Me comuniqué y expliqué los motivos de mi llamado. Quedaron en volver a contactarse y les pasé celular de mi mujer, no sin antes pronunciar cual autómata mi propio número, como el infiel que se dirige a su esposa con el nombre de la amante.

Transcurridas 59 horas desde el inicio de la abstinencia, recibo el primer llamado al teléfono fijo. Es un amigo al que le mandé un mail. Me explica por qué no me lo respondió enseguida, como sí hubiera hecho con un whatsapp, y se extiende en disquisiciones sobre la formalidad y la informalidad que implican uno y otro modo de comunicación. Me confirma, además, que la decisión de no usar el celular tal vez afecte más al entorno que a la persona que decide apagarlo. Uno no es más que el eslabón de una cadena, o el diente de un cierre. Si el eslabón se rompe, la cadena se corta. Si el diente se sale, el cierre se traba. Ahí es donde la abstinencia cobra una relevancia que excede la decisión personal y se transforma en un microgesto subversivo.

Como dije antes, al no contar con WhatsApp la única herramienta de comunicación por Internet que me permito en estos días es el mail. Y mirar el mail es un estrés. Padezco la fantasía recurrente de que alguna emergencia me obligará a suspender la abstinencia. Ahora reviso los correos y son todos de rutina. Me tranquilizo y sigo con el experimento.

Es evidente cómo opera el celular sobre nosotros. La capacidad de hacer ubicables a las personas las 24 horas dibuja un espejismo, que no es otro que el de hacernos creer que somos indispensables, que sin nosotros habrá situaciones que nuestros vínculos -familiares, amistosos, laborales- no podrán resolver. Y en realidad es como reza el dicho: “El cementerio está lleno de imprescindibles”. A lo que podríamos agregar: “Enterrados sin celular”.

Por momentos me siento un pelotudo. ¿Sólo por momentos?, me preguntará usted con una dosis de cinismo esperable. Y yo le explicaré que, a esta altura de la semana, no sé por qué me he metido en esto, que no sé quién me ha mandado a hacerme el excéntrico dejando de usar el celular. Y le diré, además, que qué suerte que mi tutor espiritual ha sido este diario íntimo, porque de lo contrario hubiera abandonado la empresa a las pocas horas, sin un motivo válido con el que sostenerla. Y a pesar del ovillo en el que me encuentro enredado, a esta hora puedo anunciar que he cumplido las 68 de abstinencia, lo que es decir 4.080 minutos o, lo mismo, 244.800 segundos. Si ningún imprevisto acontece, es casi seguro que tres días enteros sin celular los pasaré en breve a mi patrimonio.

Jueves

Yo esperaba que la abstinencia evolucionara hacia la desintoxicación, pero arrancado el cuarto día del experimento veo que el devenir de mi estado de ánimo ante la imposibilidad de manipular el celular no es lineal. De repente, la desesperación por volver a prenderlo se fortalece, y ahí es cuando debo extremar mis defensas para evitarlo. Acudir con rapidez a la PC para narrar lo que me está pasando, como si este diario fuera el receptáculo de la angustia, o el disparador de una terapia no convencional.

El consuelo es que durante este tiempo de abstinencia me he ahorrado de revisar durante unos días las redes sociales, una fuente de interacción y entretenimiento dueña de una inmejorable máquina de amplificar y replicar el odio. Retirarse de ese lodo es purificador. Tampoco me tocan timbre las notificaciones para empalagarme con algún nuevo seguidor en Twitter o el like a una foto que he subido a Instagram. La falsa espinaca del ego ha quedado durante este lapso reducida a nada.

Veo que el celular apagado también me permite dormir más. En condiciones normales nunca lo apago. Lo tengo silenciado, pero la vibración sobre la mesa de luz cuando ingresa un whatsapp temprano en la mañana, o una notificación del Messenger por algo que he puesto a la venta, inevitablemente me despierta. Eso no ocurre desde hace cuatro mañanas. Son las 10 y llevo 82 horas de abstinencia.

Estoy a punto de superar la mitad de este desafío. Quiero verlo así: escalé la montaña hasta la cima y ahora empiezo a bajarla. Aunque sé que puede ser un engaño, porque los días se acumulan uno sobre otro y -la ilusión es matemática- en adelante no empezarán a restarse. Debo llegar a siete, mientras la abstinencia sigue hirviendo en una olla a presión. Y se sabe, tantos escaladores han caído al vacío en el ascenso como en el descenso.

Leo las últimas noticias en la Web. Le explico a una de mis hijas un problema de fracciones. Le doy a mi hijo su tablet recién cargada y procuro no tentarme. No lo había dicho hasta ahora, pero el formato tablet también ha quedado fuera de protocolo en el experimento. Escucho el agua que pasa por los caños dentro de la pared que comparto con el vecino. Oigo las voces que nacen en diferentes pisos y se mezclan de manera caótica, como música concreta, en el hueco del aire y luz. Agarro la guitarra para tocar Muchacha (ojos de papel). Temo no recordar los acordes porque siempre los voy leyendo en el celular. Mi hijo me dice que su amigo imaginario, que anoche ha venido a una pijamada, se queda un ratito más.

A esta altura de la mañana, ya casi mediodía, seguramente hubiera intercambiado algún whatsapp con mi mujer para saber sobre ella. Cómo le habrá ido en la dentista, a qué hora tiene previsto regresar.

Esta noche sumaré un nuevo desafío a la abstinencia. Lo vengo palpitando desde el comienzo y está cerca de suceder. Me iré solo en subte al Centro para hacer mi programa semanal de radio. Algo que no he tenido en cuenta es que la presentación que repito en cada arranque la tengo escrita en el celular. Espero poder recitarla de memoria.

A las 86 horas de abstinencia ha surgido un imprevisto. Mi papá me llama al fijo y me pregunta si mañana puedo acompañar a mi tía a que le coloquen un stent. Hace un mes tuvo un infarto. Se está recuperando, pero sigue internada en el Pirovano. Mañana a las 6.30 deben llevarla al Fernández para hacerle la intervención. Mi papá tenía otro compromiso agendado a las 10 y me pide que lo cubra en torno a esa hora en caso de que la operación no haya concluido. Creo que las circunstancias me exigirán que lleve el celular, para prenderlo si no queda alternativa.

La realidad pone en evidencia la frivolidad del experimento. Hasta ahora todo ha transcurrido casi sin sobresaltos, en condiciones prácticamente óptimas de laboratorio. Pero al mismo tiempo pienso: antes de que existiera el teléfono móvil la gente también se internaba y se operaba, y las noticias sobre cómo había salido el paciente del quirófano circulaban. Más tarde o más temprano, circulaban. Aunque insisto: no sé si hoy la ciudad está preparada para que haya una comunicación fluida entre los miembros de una familia sin la posibilidad del celular.

Una cosa es la abstinencia y sus efectos físicos, y otra la carencia virulenta que, como una especie de desamor electromagnético, provocaría la incapacidad de realizar un llamado. El llamado como abrazo. En vez de estar pensando en si mañana deberé prender finalmente el celular para retransmitir las palabras del cirujano a los que estén expectantes, debería estar preocupado por cómo saldrá mi tía de la intervención. Las consecuencias del infarto me han tomado desprevenido, impelido a recalcular.

87 horas y media. Tenía intenciones de salir a correr pero se largó la lluvia. Iba a correr sin música, o estaba viendo de qué manera poner en condiciones un viejo reproductor de mp3. Mis auriculares portátiles no le van, porque la ficha que tienen para ser enchufados al teléfono ha abolido la arquitectura tradicional. Igual llueve y por ahora sigo bajo techo, mientras me doy cuenta de que la perspectiva a futuro ha cambiado. Hasta hace un rato el horizonte era de tres días y medio más de abstinencia; ahora puede que el experimento esté agonizando y su final se precipite en menos de 24 horas.

Creo que le caería mejor -al experimento- que la interrupción viniese dada por una necesidad concreta y no por un plazo temporal y arbitrario. Lo segundo sería quizás el fracaso de la hipótesis inicial que, si bien no ha sido explicitada, a esta altura de la abstinencia habla por sí sola: la extrema dificultad, sino la imposibilidad, de que la cultura urbana transcurra hoy en día de espaldas al celular.

Eso es precisamente lo que a las 15.51 de este jueves anhelo que ocurra. Desde que la cuenta regresiva comenzó, el lunes pasado a las 0 horas, he estado esperando el momento en que alguna eventualidad surgiera para justificar una interrupción precoz. Tal vez, la indicada para plasmar esa exigencia ineludible sea mi tía. Desde los albores de mi infancia ella ha replicado su influencia como artesana de móviles (esto es literal).

En las últimas ocho horas y 9 minutos no ha ocurrido nada trascendente. Fui a la radio en subte y sin celular, y con mi hijo pequeño que ha querido sumarse. Fuimos bajo la lluvia, con un paraguas y algunos juguetes en su mochila. De regreso en casa, respondí en la PC mails laborales que preguntaban si había cambiado el número de teléfono. Como dije el otro día, siempre hay algún distraído.

Viernes

El despertador suena a las 7.20. Lo ha puesto mi mujer en su celular. Llamo a mi papá desde el fijo. Todavía no ha llegado la ambulancia para trasladar a mi tía del Pirovano al Fernández. Era previsible. Para estudios prequirúrgicos, que también requerían de traslado, había ocurrido lo mismo. La operación está pautada para las 8. No sé cómo harán con la reserva del quirófano si la ambulancia se sigue demorando.

Tampoco sé si a esta altura me conviene ir directo al Fernández o pasar antes por el Pirovano. Mi papá debe irse a más tardar 9.30 para llegar al compromiso que tiene agendado. Con el celular apagado, si voy al Pirovano y en el ínterin llega la ambulancia para llevarse a mi tía, no sabré qué ha pasado. O sí lo sabré, pero una vez que esté ahí. Saco el teléfono del cajón de la mesa de luz y me lo pongo en el bolsillo.

Desde mi casa, el Pirovano me queda camino al Fernández. En condiciones normales saldría y si llegara la ambulancia mi papá me mandaría un whatsapp. O me llamaría mientras estoy manejando. Suena el fijo y es mi papá: son casi las 8 y la ambulancia aún no aparece. Empiezo a sentir en el bolsillo vibraciones falsas. El celular sigue apagado.

Podría liquidar la autoflagelación con sólo presionar un botón, pero no me quiero dar por vencido así, a la primera de cambio. Estiraré el experimento hasta que se rompa. En dos minutos saldré de casa y perderé comunicación con mi papá. Lo más probable -diría Murphy- es que cuando llegue al Pirovano él ya no esté.

Cuatro horas más tarde he sumado 108 de abstinencia. Mi tía fue operada y está bien. Ahora lleva dos stents que le han puesto por la mano. Cuando me despedí estaba un poco boleada por la anestesia. El celular permanece apagado en mi bolsillo.

Fue una mañana agitada. Finalmente logré interceptar a la ambulancia antes de que saliera del Pirovano, a las 8.15. Mi papá ya estaba en la vereda de Monroe cuando me vio. Lo liberé para que pudiera hacer su trámite. Salimos en fila, la ambulancia adelante y yo detrás. A poco de llegar a Libertador un semáforo me retuvo y la ambulancia se adelantó. Puse la radio. Sonaba Hard as a rock, de ACDC

Llegué casi las 9 y dejé el auto en un garaje. Cuando caminaba hacia la entrada del Fernández me crucé con el chofer de la ambulancia, que estaba terminando de estacionar. A mi tía ya la habían ingresado. Le pregunté donde debía anunciarme y me acompañó. Subimos al segundo piso. En la puerta de los quirófanos un camillero me pidió tres dvd’s. Los necesitaban para grabar la operación. Desde el Pirovano no los habían mandado. “Tres dvd’s +R”, me precisó el camillero. Salí a buscar una casa de computación. Pasé por una que estaba cerrada. Caminé una cuadra más y di con otra. No tenían los “+R”. Le dije al vendedor para qué eran. “Tengo –R. Siempre piden +R pero hace como tres años que no los traemos porque son muy caros”, me explicó. Los +R son los que permiten regrabar. Llevé los –R, volví al hospital y los entregué.

Antes de dar comienzo a la intervención, el cirujano me explicó que iba a demorar entre 40 minutos y una hora. Eran las 9.15. Tenía que avisarle a mi papá que al concluir su trámite no fuera para el Fernández, sino que mejor volviera al Pirovano. Apenas terminaran de operar a mi tía la trasladarían de regreso a su lugar de internación.

Volví a salir a la calle a buscar un locutorio. Para mi sorpresa, había uno a la vuelta del hospital. Hablé con mi papá y a mi mujer, que no atendió, le dejé un mensaje. Regresé al segundo piso del hospital y confirmé la impresión que había tenido al entrar la primera vez. La extrema libertad con la que uno puede ingresar en los hospitales públicos. Nadie pregunta nada.

A falta de celular, retomé la lectura de El Presidente. Me faltaba poco para el final y la ficción parecía entrelazarse con la realidad, sobre todo en el fragmento que decía: “El Hospital, como institución pública, tenía entre sus características definitorias la entrada franca. ¿Por qué no la iba a tener el Argerich, que pertenecía con pleno derecho al colectivo Hospital? Y entonces, ¿por qué él había dado por sentada una dificultad extrema para entrar?”. Esto venía a cuento de que en las primeras páginas del libro el narrador habla -como conté antes- de un Argerich “blindado”.

Exactamente a las 10.15 volvió a salir el cirujano para informarme que todo había salido según lo previsto. A los pocos minutos, mientras subían a mi tía otra vez a la ambulancia, regresé al locutorio para contar las novedades.

Vuelvo al tema que nos ocupa. Y ante todo, retiro el celular de mi bolsillo para volverlo a depositar en el cajón de la mesa de luz. He logrado superar la prueba más difícil desde el comienzo de la abstinencia. Tanto es así, creo yo, que a esta altura me permito sostener que el celular, como tótem de nuestra era, ha quedado desnudo, devaluado en atributos, como la fábula del emperador y su traje inventada por Andersen. Sin embargo, es condición de la aseveración su vigencia acotada a las vacaciones. Porque trabajar sin celular, bueno, eso sí que parece inviable. Ergo, caigo en la cuenta de que cuando tenemos el celular prendido no paramos de trabajar. Disfrutamos de la cuota de diversión que nos brinda, pero lo pagamos con la obligación de estar todo el tiempo a disposición.

Conclusiones aparte, debo admitir que estoy algo defraudado. Mi intuición era que el episodio de mi tía daría por tierra de una vez con el experimento. A esta hora ya me veía con el celular activo otra vez. Pero es claro que me he esmerado para que eso no sucediera. Al mismo tiempo, evalúo qué otros desafíos podría plantearme la abstinencia hasta la medianoche del domingo, momento a priori fijado para levantar el ‘cepo’.

Para decirlo en términos musicales, prefiero la canción que acaba de un compás a la que clona su estribillo en volumen menguante y se desvanece. ¿Para qué dejar entonces que el experimento se extienda inútilmente y se diluya en su letargo? No es casualidad que ahora recuerde el instante de felicidad que significó, minutos antes de que el cirujano de mi tía me diera el parte, descubrir en la última página del libro de Aira lo siguiente: “Ya había hecho lo suficiente. Si alguien le reprochaba no haber ido hasta el final cometería una injusticia. Los que iban hasta el final y se jactaban de hacerlo bien, con sonoros acordes de toda la orquesta, lo hacían para disimular que no habían hecho lo suficiente antes, cuando había que hacerlo”.

Así es que pasadas las 13 de este día viernes y considerando que más de 109 horas de abstinencia serían redundantes, he decidido terminar con el experimento. Estoy a metros de prender el celular, entre espasmos de ansiedad y resabios de vacilación. No queda más que ponerme de pie, ir hasta la mesa de luz, sacar el aparato del cajón y apretar el botón de encendido. Me ha dado taquicardia. Allá voy.

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nuevodiarioweb
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