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La abogada mormona que abrazó el feminismo

Fue excomulgada hace cinco años, porque había organizado un movimiento de mujeres que reclamaban acceder al sacerdocio. Hoy, reflexiona sobre cómo el fundamentalismo afecta a los derechos de las mujeres y participa de una religión nueva creada por activistas llegadas desde distintos credos.

Es abogada, feminista, integrante, entre otras cosas, de Equality now, una ONG que aúna ejercicio del derecho y activismo para fortalecer el ejercicio de los derechos de las mujeres. Pero Kate Kelly nació en Oregon, en una familia de fe mormona que al filo del siglo XXI se mudó a Utah, el Estado norteamericano en el que es fuerte la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Era practicante. Profesaba con tanto fervor que, en el tránsito entre la adolescencia y la adultez, pasó dos años en España como misionera para su iglesia. Estaba compenetrada con su religión, convencida de que eso era parte fundamental de su vida y debía crecer, y por eso quiso ser ordenada sacerdote, algo que las normas del culto mormón reservan a los varones. Eso lo sabía, pero en el camino se fue dando cuenta de otras dos cosas: la primera es que no estaba sola en el deseo de tener una participación más jerarquizada en su religión; la segunda, que había más resistencia de la que imaginaba. Por haber motorizado el reclamo y organizado protestas, en 2014 terminó excomulgada.

Y sin embargo insiste en que los derechos y la religión no tienen por qué estar en veredas opuestas. En momentos en que a nivel global los activismos conservadores se sirven de la fe como herramienta para jaquear libertades y derechos, Kelly fue una de las participantes de la consulta regional sobre “Libertad de religión o creencias e igualdad de género”. Para el encuentro, que congregó a académicos, investigadores, activistas de distintos países, viajó hasta Buenos Aires el Relator especial en libertad religiosa o de creencias de ONU, Ahmed Shaheed, quien participó de las dos jornadas organizadas por el CELS, Inclo (International Network of Civil Liberties Organizations) y Ralph Bunche Institute

-¿Cómo se definiría?

-Normalmente lo que digo es que fui criada mormona. Pero el problema es que la iglesia siempre tiene el poder de definir quién pertenece y quién no, y por eso quiero sacarles el poder de decir quién es una persona de fe o no. Yo hoy me defino como una mujer de fe, pero la fe que tengo es en las mujeres.

-¿Por qué fue excomulgada?

-Yo había empezado una organización que se llama Ordain Women, “Ordenar a las mujeres”, que exige que las mujeres podamos recibir el sacerdocio. En la iglesia mormona, cada hombre tiene el sacerdocio desde los 12 años. A esa edad, un niño lo recibe y tiene más poder que cualquier mujer de su familia, su madre, su abuela.

-¿Y eso qué implica?

-Los mormones creen que el sacerdocio es el poder de Dios para actuar en su nombre, y también tiene un aspecto de fe, para lograr milagros. A la vez también les da autoridad para actuar en nombre de la iglesia, para tener cargos en la iglesia. Es a la vez un poder espiritual y un poder real.

-Da poder en lo cotidiano y también en lo que organiza la vida comunitaria.

-¡Y también en la vida eterna!

-¿Cómo se gestó Ordain Women?

-Lo empecé sola. Es un discurso tan radical (en la religión mormona), tan controversial, que la mayoría de la gente no hablaba de esto. Se podía contar en una charla privada, pero no existía el debate sobre esta situación de las mujeres. Entonces, yo no sabía cuántas personas pensaban lo mismo que yo.

-¿Cuál fue el click para decidir que había que forzar un cambio?

-Fui misionera en España para la Iglesia de los Santos de los Últimos Días. Y cuando estaba allí fue cuando supe que las mujeres hacemos todo lo que hacen los hombres, pero no recibimos autoridad. Por ejemplo, podemos predicar y encontrar personas para convertirlas a la religión mormona. Hacemos todo ese trabajo, pero no podemos bautizar, no podemos confirmar, no podemos ser líderes de la congregación. No podemos hacer los trabajos que importan. Cuando misionaba, entendí que así las mujeres son trabajadoras y los hombres, líderes. Y me di cuenta de que eso tiene que cambiar. Después de volver de la misión, me fui a estudiar Derecho y empecé a trabajar en causas de empoderamiento de las mujeres. Pero en mi misma congregación, en mi misma comunidad, yo no tenía ese poder para mí misma. Soportaba mucha discriminación en mi comunidad.

-Pero seguía eligiendo pertenecer a ese mundo.

-Sí. Yo nací dentro de la religión. Y creo que tiene que cambiar. En ese momento, cuando empecé, lo hice con mucha fe. Las personas religiosas creen de verdad que Dios está encargado de la organización, en la religión. Entonces yo también le pedía a Dios: le pedía que me ayudara a cambiarlo y que también lo hiciera con los hombres que lo representaban.

-¿Cuántas eran al comienzo?

-Éramos 24 personas con las que empezamos una página web de Ordain women, hombres y mujeres, porque como los varones tienen el sacerdocio, es importante que estén ellos también. Esas 24 personas, cuando publicamos la página web, empezamos a hacer acciones directas contra esta política restrictiva hacia las mujeres. El centro de la actividad de la Iglesia es en Salt Lake City, en Utah. Ahí, en el centro de la ciudad está el templo.

-¿En qué consistían las acciones directas?

-En el templo ese, dos veces al año se hacen conferencias que son para todos los mormones, pero en una en particular, que es para el sacerdocio, en la que hay discursos y se discuten asuntos del sacerdocio, sólo se admiten varones. Entonces nosotras fuimos: en 2013 hicimos una manifestación para intentar asistir a la reunión. Éramos como 200, 300 mujeres, porque gracias a internet Ordain Women creció muy rápido.

-Entonces intentaron entrar.

-Y no pudimos: nos cerraron la puerta.

-¿Qué les decían?

-“No pueden entrar, son mujeres”. Bueno, decían la verdad. Pero lo que hicimos fue hacer una fila muy larga y cada mujer de esa cola preguntó en la puerta si la dejaban entrar. Una por una. Fue para subrayar el punto, pero también para que cada una pudiera participar y sentir claramente lo que es ser discriminada. Cuando una pertenece a una iglesia o una organización que discrimina, es como nadar en una piscina: te acostumbrás, no se siente. Es como un “estoy dentro de este mundo y no lo siento personalmente”. Pero ir y pedir entrar en una reunión religiosa y demostrar que eres una mujer religiosa, de fe, que eso te importa, que estás en la comunidad… ¡y yo fui misionera, además! Ser echada es una experiencia te cambia, te cambia el modo de ser. Y eso, intentar entrar, lo hicimos dos veces. La segunda vez éramos 500, 600. Nos cerraron los portones. Fue una de las primeras veces que hicieron algo así. En un momento, aprovechando que salía un hombre, yo cogí el portón y algunas entramos, pudimos pasar esa especie de tranquera, pero no nos dejaron pasar al edificio.

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Página 12
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