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Massera, su amante y un crimen atroz: la hija del empresario Fernando Branca habla por primera vez sobre la desaparición de su padre

Luego de años sin respuestas sobre lo que ocurrió con su papá, desaparecido en abril de 1977, decidió indagar en el expediente judicial que llevó a uno de los arquitectos del terrorismo de Estado a prisión por primera vez. En diálogo con Infobae, habló sobre sus recuerdos, sobre la pérdida y sobre su particular duelo

“Debe estar por llegar”, le decían, “ya va a venir”, “debe estar muy ocupado”. Victoria Branca tenía una túnica blanca, impecable, igual que sus compañeras de cuarto grado. Cada minuto que pasaba de aquel 25 de junio de 1977, el día elegido para su primera comunión, la pequeña de 9 años se estremecía más y más: su papá, que pese a haberse separado tiempo atrás de su madre estaba presente en los grandes momentos de su corta vida, no llegaba a la ceremonia para la que hacía bastante tiempo se venía preparando con mucha ilusión.

“Hasta el último minuto, cuando empecé a entrar en procesión con mis compañeras, miraba el asiento donde estaba mi familia a ver si él estaba o no, si llegaba a último momento. Y no llegó”, recuerda ante Infobae más de 40 años después de ese momento que describe como “el quiebre”.

Por esos días empezaba a desarrollarse –ella no lo podía saber– una historia que en la década de los ‘80 sería conocida como “El caso Branca”, la desaparición de un empresario papelero con vínculos con el poder de turno, en especial con Emilio Eduardo Massera, una de las máximas autoridades de la dictadura militar que desplegó en el país entre 1976 y 1983 una maquinaria de desaparición forzada, tortura y muerte.

Fernando Branca, el padre de Victoria, amasó una fortuna. Desde 1977 permanece desaparecido (Foto: Gentileza Victoria Branca)

Fernando Branca, el padre de Victoria, amasó una fortuna. Desde 1977 permanece desaparecido (Foto: Gentileza Victoria Branca)

Alejada de todo eso, para Victoria su papá Fernando era el que la había llevado a Disney, el que manejaba autos de lujo y leía los diarios concentrado, el que le daba regalos cada vez que volvía de Miami, donde llevaba adelante algunos de sus negocios.

Después de aquella ausencia el día de su primera comunión, se convenció de que su padre los había abandonado a ella y a su hermano Lolo, dos años menor: “Ese fue el momento en que yo me hice mi propia historia, yo me conté un cuento. Dije: ‘mi papá me abandonó, mi papá nos dejó, no le importo porque no vino para este momento tan importante de mi vida’Y ese fue el quiebre, por lo menos en mi aspecto personal, donde yo me cerré y por mucho tiempo no me interesó qué era lo que había pasado con mi papá”.

Recién ahora, cuatro décadas después, con cuatro hijas y un trabajo interior muy profundo, se animó a indagar, empezó a atar cabos. Entre otras cosas, buscó el expediente judicial archivado en Comodoro Py por la desaparición de su padre, leyó lo que escribieron los medios de la época y habló con varias personas que conocieron al empresario.

“Yo me conté un cuento. Dije: ‘mi papá me abandonó, mi papá nos dejó, no le importo porque vino para este momento tan importante de mi vida’. Y ese fue el quiebre, por lo menos en mi aspecto personal, donde yo me cerré y por mucho tiempo no me interesó qué era lo que había pasado con él”, recuerda sobre su infancia Victoria (Gustavo Gavotti)

Dedicada a la escritura desde hace muchos años – “trabajo con la escritura como vía de sanación, para mí además de ser una herramienta es una medicina muy poderosa para transformar, sanar y liberar y empoderar”, asegura– acaba de publicar el conmovedor libro ¿Qué pasó con mi padre? (Ediciones B) en el que intercala su recorrido privado, cómo atravesó un dolor que la acompañó toda su vida, sus pesadillas, sus inquietudes y su duelo con las aristas más públicas de una historia que es familiar y a la vez que da muestra de los crímenes de la dictadura que dejó heridas que siguen ardiendo en el país hasta hoy.

—¿Qué te llevó a contar ahora esta historia?

—No fue una decisión consciente escribir el libro. Me costó, estuve escapando mucho tiempo de hacerlo. Pero hubo un momento en el que lo tenía como acá, en la espalda. Yo me dedico a escribir y fui rondando el tema del duelo, de las pérdidas, pero desde otro lugar. Nunca me había metido de lleno a indagar en la historia de la desaparición de mi padre. No pude hacerlo antes. Era un tema tabú, yo era chiquita, no se habló del tema en casa, no se supo bien durante mucho tiempo, en realidad, sobre qué es lo que había pasado. Pero llegó un momento en que tenía la historia como montada encima de los hombros y dije: ‘Yo tengo que hacer algo con esto’. En algún lugar sentía que lo tenía que atravesar, y la manera que encontré de atravesarlo fue escribiendo.

—¿Ahí te pusiste en el rol de investigadora de alguna manera? Porque en el texto se mezclan el plano privado con la búsqueda de archivos, expedientes, cuestiones bien judiciales…

—Empecé a investigar desde mi “yo” adulto, digamos, porque de niña yo padecí esa historia, es algo que nos ocurrió y que se tapó muy rápido. Cuando empezó a salir en los medios, que fue entre los años ‘82 y ‘83, estaba en plena adolescencia, no era compatible lo que estaba sucediendo a nivel público con mi vida; yo recién entraba al mundo. Y en mi casa había todavía mucho temor, mucho miedo a los secuestros, a que nos pasara algo. Entonces tratábamos de evitar por todos los medios posibles de meternos de lleno en el tema, o de salir en revistas, o de hablar, o de preguntar. Desde chiquita me di cuenta de que preguntar esto era como estar metiendo el dedo en una especie de lugar peligrosísimo, entonces dejé de preguntar, dejé de indagar y dejé de pensar en el tema. Hasta que ya no pude escapar más de mi propia historia.

Victoria Branca de bebé, junto a su padre

Victoria Branca de bebé, junto a su padre

Los últimos días

Los últimos rastros que se tienen del empresario papelero Fernando Branca lo ubican en Buenos Aires, el 28 de abril de 1977, casi un mes antes de la primera comunión de Victoria. Estaba casado en segundas nupcias en el exterior –en el país todavía no existía la ley de divorcio– con Martha Rodríguez McCormack, con quien compartía su lujoso piso ubicado en la Avenida del Libertador, en una de las zonas más elegantes de la Ciudad de Buenos Aires.

La pareja atravesaba una crisis. Poco tiempo antes habían estado con unos amigos en Punta del Este para pasar Semana Santa y los habían visto discutir. En la Argentina, mientras tanto, la dictadura militar desplegaba su poderío, al mando de Jorge Rafael VidelaOrlando Ramón Agosti y Emilio Eduardo Massera. Justamente Branca, dueño de una fortuna en tiempos de “plata dulce” para el empresariado nacional, tenía contactos con este último, también conocido como Almirante Cero o El Negro, para sus allegados más íntimos. También McCormack conocía muy bien al Almirante y director de la Escuela de Mecánica de la Armada, uno de los centros clandestinos de detención más grandes por aquellos tiempos.

Martha McCormack en la portada de la revista

Martha McCormack en la portada de la revista “La Semana” (Gentileza Archivo Tea y Deportea)

Como si estuviera uniendo retazos, entre los testimonios ante sede judicial que reúne Victoria Branca en ¿Qué pasó con mi padre?, transcribe el de Silvia María Rondot, una de las personas que estuvo con su papá y con McCormack durante aquel viaje.

“Testimonio de Silvia María Rondot, 36 años, casada. Dice que viajó a Punta del Este junto a su marido, Raúl Ibarra, Fernando Branca y Martha McCormack. Que fueron allí a pasar la Semana Santa del ‘77. Que una noche, cuando fueron al Casino Nogaró, Martha y Fernando discutieron y que cuando él se retiró del lugar enojado ella dijo: ‘Cuando llegue a Buenos Aires le voy a contar al Negro que este hijo de puta lo quiere pasar en un negocio y le va a hacer pasar un camión por encima’. Que en otra oportunidad volvió a encontrarse con Martha y ésta reiteró la amenaza. Que días después de la desaparición de Fernando la visitó junto a Maggie Fernández y que Martha, sin mostrarse alterada, dijo: ‘Con la mafia no se juega’”.

Además de conseguir y leer el expediente judicial y notas periodísticas, Victoria Branca devoró Almirante Cero. Biografía no autorizada de Emilio Eduardo Massera, del periodista Claudio Uriarte, fallecido en 2007, uno de los retratos más exhaustivos del genocida. Allí, se dan detalles de un negocio que estaba haciendo Branca, para el que necesitaba un aval de las autoridades del Banco Central. Se señala que el empresario le pidió a McCormack que le gestionara un encuentro con el almirante y que la mujer, a quien directamente se señala como una de las numerosas amantes de Massera, lo consiguió.

Emilio Eduardo Massera fue uno de los emblemas del terrorismo de Estado impuesto por la dictadura militar (AFP PHOTO/STF)

Emilio Eduardo Massera fue uno de los emblemas del terrorismo de Estado impuesto por la dictadura militar (AFP PHOTO/STF)

“Massera y Branca pronto llegaron a un entendimiento para instalar una financiera o un banco, que eran los medios de enriquecimiento más rápidos de la época. El empresario se comprometió a entregar como capital inicial lo que resultara de la venta de unas 3 mil hectáreas de que disponía en la localidad de Rauch”, detalla Uriarte en su publicación. También asegura que Branca, durante una discusión con McCormack en Punta del Este, estalló y le habría dicho: “¡El vivo soy yo, estúpida! ¡Me los paso a todos, a todos! ¡También al piola de Massera! ¡Le vendí un buzón con lo del Banco Central y ni se avivó!”.

—¿Quién es o qué representa para vos Martha McCormack?

—Me costó leer todo lo que leí mientras investigaba. Yo tengo recuerdos de ella cuando éramos chicos, porque era la segunda mujer de mi papá, y compartimos vacaciones juntos, junto con sus hijos. Fui al campo alguna vez con ella también, pasamos algún cumpleaños. Y el recuerdo que yo tengo personal de esa época era decir: “¡Qué linda que es Martha, qué mujer linda!”. Me acuerdo que una vez me regaló una foto grande, de esas que se sacaban en estudios de fotógrafos, muy retocada, y yo decía para mí: “Parece una actriz de Hollywood”. Y volví con esa foto que ella me había regalado, y me la autografió, a casa y se la muestro a mi mamá. Mentalidad de niña inocente le digo: “Mirá mamá, qué linda la foto de Martha, la quiero poner en mi cuarto”. Y mi mamá la agarró, la partió en mil pedazos, y yo en ese momento dije: “Mmm, estará celosa”.

En los '80, Martha McCormack brindó distintas entrevistas en los medios de la época (Gentileza Archivo TEA y Deportea)

En los ’80, Martha McCormack brindó distintas entrevistas en los medios de la época (Gentileza Archivo TEA y Deportea)

—¿Cambió tu opinión sobre ella con el tiempo?

—Sobre Martha no opino directamente, pero lo que quise hacer es mostrar lo que vi en el expediente y que la gente saque sus conclusiones leyendo el libro. Tengo sentimientos encontrados porque también ahora soy más grande y trato de mirar las cosas a veces desde un lugar un poquito más elevado cuando puedo. Así que muestro testimonios de otras personas que hablan de ella donde se puede ver cómo es. Si yo me separo un poco de que esto es algo que me ocurrió a mí, que le pasó a mi papá, que me toca de cerca, lo observo y digo: “¡Qué personaje!”. Qué personajes, les pongo calificativos ¿no? Obviamente a cada uno, cada uno tiene el suyo. Pero parecen hasta en algún punto grotescas algunas cosas.

—¿Atravesaste alguna etapa de enojo con tu padre investigando?

—Yo pasé por todos los estados emocionales. Con mi papá, con mi mamá, con todos los involucrados. De alguna manera es como le pasa cualquier hijo, me imagino, si estuviera vivo. La diferencia es que vos después podés ir y pedir perdón, que te dé un abrazo. Yo lo hice todo conmigo misma digamos. Pero sí, tuve una gama de sentimientos bastante grande.

Fernando Branca en la portada de

Fernando Branca en la portada de “Quórum”

—En paralelo esta historia también tiene un costado vinculado con lo económico.

—Claro. Y para eso hay otro expediente, pero yo no lo leí porque era demasiado para mí. Hubo un punto que yo dije: “No me gusta lo que leo, me hubiera gustado poder tener resguardada la intimidad de mi padre como cualquier hijo con su padre vivo”. Vos no te podés meter en su intimidad más allá de un punto, es la intimidad de él. Qué hace en la cama, no sé, cómo vive a puertas adentro. O cómo se maneja en los negocios. Si miente, no miente, engaña, no engaña. Al leer el expediente y al entrevistar gente, y al querer acercarme cada vez más tuve que escuchar de todo. Y eso, bueno, es parte del precio que pagás por querer atravesar a fondo la historia. Pero no me hace ni respetarlo menos a mi papá, ni quererlo menos. O sea, y hasta cierto punto las cosas que hacía no son nada del otro mundo, son cosas que todo el mundo hace.

—¿Te referís a los negocios que hacía?

—Sí, había picardías. Y creo que no se juntó con la gente correcta. Pero bueno, le habrá sido funcional en su momento. Yo me lo pregunto hoy y también en el libro: ¿podría haber evitado lo que le pasó si hubiera tenido una vida más espiritual? ¿Si hubiera tenido amigos verdaderos? ¿Si hubiera tenido un amor verdadero y no un amor interesado? ¿Eso podría haber evitado que le pasara esto? No lo sé. Vos sos vos y tus circunstancias, incluso cuanto más te rodees de gente saludable, gente buena y estés en la luz, digamos, tampoco estás exento de que te pasen cosas.

En la reconstrucción que hace Claudio Uriarte para su libro, al regresar de Punta del Este a Buenos Aires, Fernando Branca se fue a vivir a casa de la modelo Cristina Larentis, una mujer con la que tenía un vínculo personal. Los medios la señalaron tiempo después como “la última novia del empresario”.

“Sobre Martha McCormack no opino directamente, pero lo que quise hacer es mostrar lo que vi en el expediente y que la gente saque sus conclusiones leyendo el libro. Tengo sentimientos encontrados porque también ahora soy más grande y trato de mirar las cosas a veces desde un lugar un poquito más elevado cuando puedo. Así que muestro testimonios de otras personas que hablan de ella donde se puede ver cómo es”, señala Victoria Branca (Gustavo Gavotti)

“Al poco tiempo, Massera invitó a Branca y a Larentis a una comida en el Hostal del Lago. “El clima fue tan agradable y distendido que resultó normal que Massera invitara a Branca y a Cristina a una excursión en el yate naval. Cristina se disculpó pretextando una indisposición, Branca aceptó”, se lee en Almirante Cero.

Al día siguiente, un supuesto “ayudante” de Massera llamado Rodríguez llamó al domicilio de Larentis para recordarle la cita con el almirante. Branca fue a su oficina, donde su secretaria recibió un nuevo llamado de Rodríguez, quien le recordaba que lo esperaban a las 15 en el lugar acordado. Nervioso, el empresario llamó a su abogado y le pidió que hablaran a la noche, que debía salir a navegar con Massera.

Minutos después, Branca pasó por el departamento de Libertador y Ocampo que compartía con Martha McCormack y le dijo que creía que lo perseguían. Al poco tiempo el hombre salió manejando por la Avenida del Libertador, donde habría sido interceptado. Desde entonces no se supo nada más de él.

Massera (izq.) invitó a navegar a Branca poco antes de su desaparición (Télam)

Massera (izq.) invitó a navegar a Branca poco antes de su desaparición (Télam)

UN CRIMEN SIN ESCENA

Recién fue en julio de 1977, cuando la madre de Branca hizo un pedido de hábeas corpus por su hijo, que la desaparición empezó a convertirse en un expediente judicial. Sin embargo, en un país que seguía desangrándose silenciosamente, la investigación no avanzaba.

“¿Cómo se investiga un crimen cuando no hay escena del crimen? ¿Dónde se recolectan pruebas? ‘Los muertos hablan más que los vivos’, dicen los expertos en criminalística. Y recomiendan observar atentamente un cadáver para ‘leer’ lo que ellos cuentan. Pero, ¿cómo escuchar la voz del muerto al que se le arrebató su anatomía? ¿Cómo leer entre las líneas invisibles de un cuerpo que no está?”, se pregunta Victoria Branca en su libro.

En 2010 la escritora se animó a buscar el expediente judicial que estaba archivado en los tribunales de Comodoro Py

En 2010 la escritora se animó a buscar el expediente judicial que estaba archivado en los tribunales de Comodoro Py

—Mientras avanzaba esa búsqueda judicial, vos eras una adolescente que crecía en la zona norte del Gran Buenos Aires. En el libro contás que ibas al mismo colegio que la hija de Ramón Camps. ¿Eso te provocaba algo? ¿Se comentaba en casa?

—Yo sabía quién era el padre de ella, pero había una distancia, una frialdad. Llegado un punto decía: “La hija no tiene nada que ver, y yo tampoco”. Hay una especie de anestesia que hace que vos funciones y sobrevivas a un montón de cosas sin terminar de captar el impacto que tienen o sin terminar de conectar con la realidad de lo que puede pasar. ¿Cómo puede ser que estemos las dos acá viniendo todos los días al mismo colegio? No lo pensás. O si el padre fue a actos escolares. No sé, ni me acuerdo. Pero la supervivencia hace eso, vos te automatizás, te anestesias. Y subsistís y convivís con un montón de cosas que son extrañas, pero tratas de seguir adelante, no te las cuestionás.

Victoria Branca y su hermano Lolo (Gentileza Victoria Branca)

Victoria Branca y su hermano Lolo (Gentileza Victoria Branca)

—¿Qué sabías de la dictadura entonces?

—En casa, te digo, no se hablaba, era de esto no se habla. Y, bueno, nosotros vivimos con eso, “el silencio es salud”. Mejor no preguntar. Mejor no indagar. Para qué te vas a meter a revisar esto. Para qué te vas a meter en esto que es oscuro. Cuidado, te puede pasar algo. Eso era lo que ocurría. Yo crecí con eso, como diciendo “hay que dejar el pasado atrás, hay que mirar para adelante, hay que moverse hacia adelante”. Sin embargo, lo que experimenté huyendo hacia adelante es que eso requiere mucha energía, mucho esfuerzo. Y el pasado no permanece de manera evidente en el pasado; la única manera de liberarse de las garras del pasado es dándose vuelta, mirándolo, tratar de entender y atravesarlo. Pero atravesar. Y eso lo hice de manera personal ya muy grande, por eso escribo un libro ahora y lo publico a mis 52 años.

—¿Hasta dónde quisiste llegar indagando en lo que pasó con tu padre?

—Cuando empecé a investigar, una cosa te lleva a la otra. Traté de recabar toda la información más objetiva que pudiera encontrar, no quise quedarme solo con lo que yo siento, lo que pienso. Yo lo que más quise fue acercarme lo más posible a la verdad, sabiendo que eso es un imposible y que me atraviesa esta historia. Pero creo que logré hacerlo por momentos, y eso tuvo que ver con leer un montón de libros: la bibliografía que pongo en el libro no es ni la tercera parte de todo lo que leí. Escuché entrevistas, escuché todos los reportajes, vi todos los discursos que están filmados en vivo, leí, vi TV, hasta tratar de entender, tratar de mirar, sacar mis propias conclusiones. Y hay algo peligroso ahí, porque también hay como una especie de fascinación de tratar de entender la mente de un asesino, un depredador serial.

En el libro

En el libro “¿Qué pasó con mi padre?” (Ediciones B), Victoria Branca relata su historia personal y también refleja las heridas que quedaron en el país tras la dictadura

—En el caso de Massera, uno de los emblemas de la dictadura, condenado por delitos de lesa humanidad, robo de bebés, etcétera.

—Claro. Mientras tanto yo pensaba cómo una persona que aparenta ser tan civilizada, culta, que habla bien, es esto. Traté de acercarme desde un lugar bastante inocente si se quiere, no con una opinión ya formada, para ver qué me pasaba. Estar metida en su vida y ver todo esto, y ver todo lo que leía sobre, ya no solo de mi papá, sino testimonios de gente que fue torturada en la ESMA y pudo salir, era una oscuridad muy grande. Entonces me dije: “Yo no me quiero quedar metida acá adentro, no quiero estar nadando en este mar empetrolado de tanto dolor”. Así que tuve que entrar y salir, entrar y salir. A él le escribí una especie de carta usando sus propias palabras. Decidí usar creativamente esto, para que no fuera algo que me generase odio y deseo de venganza.

EL “CASO”

“Entre 1978 y 1981, que es el año en que se reactiva la causa, nada se agrega al expediente. No hay datos, ni testimonios. El slogan del Proceso de Reorganización Nacional se cumple a rajatabla: El silencio es salud. Pero esa mudez impuesta se quiebra el 10 de noviembre de 1981 cuando Guillermo Patricio Kelly se presenta espontáneamente ante el nuevo juez de la causa, Pedro C. De Narváiz, y realiza una ‘Denuncia contra Eduardo Emilio Massera y otros por el delito de homicidio calificado en los términos del artículo 80 del Código Penal’”, reconstruye Victoria en su libro. Ella tuvo un encuentro con Kelly en 1984, quien le aseguró que su padre había sido ejecutado y arrojado al agua. Ella nunca terminó de creer en esa versión, pero sintió que sin la insistencia de Kelly la investigación no hubiera avanzado nunca.

Un año antes, mientras el país seguía bajo el gobierno de facto militar, la causa quedó en manos de un nuevo magistrado, que tomó una decisión inesperada para la época: mandó a la cárcel a Massera por primera vez (faltarían un par de años para el Juicio a las Juntas y mucho más para los procesos posteriores por delitos de lesa humanidad).

El

El “caso Branca” tuvo gran repercusión en los medios en la década del ’80 (Gentileza Archivo TEA y Deportea)

“El juez Oscar Salvi confirmó y prorrogó ayer la prisión preventiva del almirante Emilio Massera, ex comandante en jefe de la Armada argentina y miembro de la Junta Militar que encabezara el golpe de Estado de 1976. Se le iniciará un juicio por “ocultamiento o destrucción de elementos probatorios” en la causa por la desaparición del empresario Fernando Branca, ocurrida en abril de 1977”, anunció al mundo el diario español El País el 23 de junio de 1983.

La opinión pública comenzaba de esta manera a conocer lo que se dio en llamar “El Caso Branca”.

“Después empezó una especie de persecución mediática, querer sacarnos fotos, querer entrevistar a mi mamá. Entonces hubo, por ejemplo, muchos fines de semana que yo me acuerdo que teníamos que quedarnos encerrados adentro de mi casa con las persianas bajas, era una casa en zona norte, o sea, vos podías llegar hasta la puerta y había periodistas que hacían guardia escondidos, qué sé yo, en el auto del vecino, donde no lo podíamos ver”, recuerda Victoria y agrega: “Entonces quedamos encerrados. O sea, era una sensación a la vez de miedo, de no entender por qué tenían tanto interés en venir a buscarnos a nosotros. Y por otro lado era ver cómo la segunda mujer de mi papá, Martha McCormak, y el propio Massera, todos salían al candelero y querían hablar, y querían dar notas. Entonces era un contraste muy difícil de procesar”.

“Empezó una especie de persecución mediática, querer sacarnos fotos, querer entrevistar a mi mamá. Entonces hubo, por ejemplo, muchos fines de semana que yo me acuerdo que teníamos que quedarnos encerrados adentro de mi casa con las persianas bajas, era una casa en zona norte, o sea, vos podías llegar hasta la puerta y había periodistas que hacían guardia escondidos”, señala Victoria (Gustavo Gavotti)

—¿Creés que hay gente que sabe qué pasó con tu padre?

—Hubo y hay gente que sabe qué pasó, pero no lo dice. O lo ha dicho por detrás, o lo ha dicho en situaciones privadas, pero a mí eso no me consta. Pero llegó el punto que ya hasta eso no era tan relevante. Me debatí durante muchos años, me dije: “Quiero saber qué pasó con mi papá”. Quería que alguien viniera y me dijera y me explicaran: “Mirá, no sufrió, le pasó esto, murió así”. Hasta que después empecé a leer tantos y tantos testimonios de mucha gente, no solo acá sino en el mundo, en el Holocausto, hay mucha gente que anda con esa pregunta a cuestas todavía y pasan generaciones y no saben qué pasó. O personas que desaparecen ni siquiera en la dictadura, qué sé yo, como esta chica María Cash, ¿qué pasó con María Cash? No saben si está muerta, si está viva, si vivió muchos años y después murió. Esa incógnita que carcome por dentro. Pero después hubo un momento en que solté eso y dije: “Por qué, si hay tanta gente que no sabe, por qué yo tengo que saber fehacientemente, si hasta acá puedo llegar y hasta acá se llegó”. Entonces solté eso. Me dije: “Yo sé que no está vivo, yo sé que murió”. Y me pude acercar bastante a cómo fue la emboscada digamos, cómo fue que terminó perdiendo su vida.

—¿Conociste más a tu papá a partir de saber estas cosas?

—Es que meterme en el expediente y acercarme lo más que pude a entender qué pasó también me hizo acercarme de otra manera a mi papá. Yo no lo conocía mucho a mi papá, y lo fui conociendo a medida que iba leyendo testimonios. Hubo cosas que me gustaron, otras que no, como cualquiera con su padre. Pero más que nada terminé enterneciéndome mucho más de lo que me enojé cuando leí los testimonios. Supe mucho más de sus orígenes, de cómo había sufrido de chico. De cómo lo traicionaron muchas personas. Entonces lo pude poner en otra dimensión. Pude verlo más humanamente. Por eso me gustaría que se pueda leer esto como la historia de un duelo, la historia de una familia que fue atravesada por un hecho traumático, que toca en el centro a lo que ocurrió en nuestro país. Pero quisiera que quede algo esperanzador: se puede atravesar el dolor, uno puede contarse nuevas historias, uno no es víctima y queda atrapado en la historia con una sola voz y de una sola manera.

Victoria Branca es escritora y tiene cuatro hijas, quienes la impulsaron a escribir sobre la desaparición de su padre

Victoria Branca es escritora y tiene cuatro hijas, quienes la impulsaron a escribir sobre la desaparición de su padre

—¿No te considerás una víctima?

—Yo hoy no me cuento mi historia que cuentan en las revistas o que salió en los medios, no me considero una víctima. Víctimas son las personas que estuvieron torturadas, secuestradas, que realmente padecieron cosas muy, muy fuertes y difíciles de sobrellevar. Yo soy la hija de un hombre que murió de manera violenta, cuyo cuerpo no apareció, y eso nos generó tanto a mí como a mi hermano y a mi familia un dolor lleno de interrogantes. Y nos condicionó en la manera de comunicarnos, de vivir, de plantarnos en la vida. A partir de eso qué hacemos ¿no? Para mí toda historia merece ser contada si es inspiradora y puede ayudar, aunque sea a una persona, dos personas, a ver las cosas desde otro lugar o a saber que vos tenés herramientas para transformar el dolor en otra cosa.

—¿Sentiste que pudiste finalmente romper con ese silencio en el que habías crecido desde chica?

—Fue un proceso de salir del miedo y de poder nombrar las cosas. Durante muchos años no decía el nombre de Massera. No lo nombraba. Es como Harry Potter con Voldemort, ese que no debe ser nombrado. Nombrarlo era invocar al diablo más o menos. El hecho de nombrarlo, ponerle nombre, apellido, palabras, escribirle una carta por más que esté muerto, fue decir “yo no te tengo más miedo”. Vos para mí no sos esto enorme, sos un delincuente, sos un criminal. Incluso cuando uno dice la palabra “genocida” hasta suena importante. “Vos sos un delincuente, un depredador serial. Un criminal. Hiciste esto, esto y esto, más allá de mi papá”.

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infobae
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