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Habla Carlos Carrascosa: su historia de amor con María Marta García Belsunce y el enigma del crimen del country

Tras el reciente estreno del documental de Netflix y con un nuevo libro con sus memorias escritas en la cárcel, relata su vida el viudo que fue condenado y luego absuelto por la muerte de su propia mujer. La causa del fiscal Molina Pico, el fantasma de Nicolás Pachelo, el día que vio a los Beatles en Hamburgo, el llamado del Papa y cómo es estar preso con el padre Grassi

Buenos Aires. Años setenta. María Marta García Belsunce le pone un ultimátum a su novio:

-No quiero casarme con una foto. Elegí. El mar o yo.

Carlos Carrascosa, que había vuelto de un viaje por el mundo como marino mercante, no duda. Decide quedarse con su novia y planificar la boda.

Atrás dejaba sus aventuras marítimas en un buque de carga, que habían comenzado en 1966. Trabajaba en el sector de máquinas. En esa vida solitaria y dura soportó peligrosas tormentas al borde del naufragio, una de ella en el Canal de la Mancha. Desde su primer día en el barco lo obligaron a entrar en un sistema de contrabando. “Si no lo hacés, te podés caer al mar”, le advirtieron. Y vio cómo piratas napolitanos en lancha tiraron garfios al buque y se subieron para llevarse los paquetes de cigarrillos y whisky a cambio de dinero.

Otra noche fue descubierto con tres compañeros mientras jugaban al póker. El capitán les sacó el tapete y las cartas y tiró todo al mar. Pero acaso su anécdota insuperable fue el día que vio a los Beatles en el Planten un Blomen de Hamburgo:

“En la tripulación de cadetes se sortearon diez entradas que habían comprado los jefes. Yo gané una. Y fui. Era la época hippie. Los vi chiquitos en el escenario, yo estaba al fondo. El olor a marihuana era impresionante, yo ni sabía lo que era la droga”, recuerda Carrascosa, hoy de 75 años.

Al final, eligió a María Marta, a quien había conocido en la casa de unos amigos, cuando ella tenía 9 años y escuchaba las historias marinas de ese joven que vestía uniforme blanco. Pasó el tiempo y volvieron a verse. Ella tenía 18; él 26. Se casaron el 31 de julio de 1971.

“Tuvimos un flechazo. Nos enamoramos. El amor es ciego”, dice Carrascosa.

María Marta y Carlos Carrascosa.María Marta y Carlos Carrascosa.

Está sentado a una mesa de la casa de Luján de su amiga Jorgelina Fernández Tosar, que lo apoyó en la causa, le organiza las entrevistas y además es la autora del prólogo del libro que Carrascosa escribió en la cárcel y decidió publicar este año. Se llama Diario de un inocente: un amor, una causa, una vida, editado por Penguin Random House. “Tres veces estuve preso por un crimen que no cometí”, es la primera frase del libro, que combina la historia de Carrascosa con su vida en la cárcel y el caso del crimen de su esposa, asesinada de cinco balazos en el country Carmel.

-¿Quién apretó el gatillo?

-Mi sueño siempre fue, más que lograr la libertad, saber quiénes la mataron. Siempre creí que fue un homicidio en ocasión de robo y a María la mataron porque los reconoció. Hubo un robo y María reconoció a quienes le robaron. Tengo la seguridad de saber quién es uno de los involucrados. Pero no sé quién apretó el gatillo.

Carrascosa estuvo preso poco más de siete años. Recuperó la libertad el 19 de diciembre de 2016, después de que la Cámara de Casación de la Provincia de Buenos Aires lo absolviera de los delitos de encubrimiento agravado y homicidio calificado por el vínculo. El 3 de octubre de 2018, la Suprema Corte bonaerense confirmó ese fallo.

“Pero para que la Justicia declare definitivamente mi inocencia falta una pequeña instancia. El fiscal general apeló y eso está vigente desde hace un año y medio. En la Corte tienen que resolver eso. Siempre me sentí inocente porque soy inocente. Más allá de que muchos querían verme salir esposado. Llegué a ser el único preso por encubrimiento de la Provincia de Buenos Aires. Pero todos los años que estuve libre, acusado y procesado, fueron la peor de las cárceles. Te mata la energía. Siete años dando vueltas por la calle acusado del homicidio de mi mujer y conviviendo con la gente, eso te mata. Es una cárcel cerebral”, afirma.

El nuevo libro de Carrascosa, "Diario de un Inocente".El nuevo libro de Carrascosa, “Diario de un Inocente”.

-¿Por que cree que el fiscal Diego Molina Pico los acusó?

-El hecho de que Molina Pico no hubiera pedido la autopsia en el momento porque dijo sentirse atosigado llevó a que no se supiera quién había matado a María. Cuando me dijeron que dos médicos habían dicho cosas distintas, le dije a mi abogado que pidiera la autopsia. Presentó el escrito, pero no se lo tomaron porque no estaba al día con la matrícula de abogado bonaerense. La fue a pagar, pero cuando volvió Molina Pico ya había pedido la autopsia. Había pasado más de un mes. Luego el fiscal dijo: “La familia me engañó” y empezaron las acusaciones. Hasta llegó a decir que yo podía tener una vinculación con el Cartel de Juárez del narcotráfico mexicano. Por un anónimo que llegó a la fiscalía que, es probable, mandó él para justificarse. Yo siempre quise saber quién había matado al amor de mi vida.

-¿La soñó alguna vez a María Marta después del crimen?

-No. No soy de soñar. Si alguna vez sueño algo, me lo olvido. Pero la extraño. Era muy compañera. Estábamos juntos en todo, aun en el trabajo. Se extraña mucho. Era mi mejor amiga, mi mejor compañera, todo. Su íntima amiga, al tiempo de ocurrido el homicidio, me dijo: “Carlos, María siempre me dijo que vos la habías ayudado mucho en toda su vida”. Eso es muy fuerte.

-¿Llegó a ver antes del estreno el documental sobre el caso?

-No. Me entrevistaron tres días, varias horas. Pero no lo vi. Pero ahora que mi cara y el caso están de nuevo en exposición alguien me va reconocer en la calle, ahora con barbijo menos quizá. Y me van a preguntar cualquier duda que tengan de lo que se diga en el documental. Siempre pasa. Y me lo tomo bien. La gente me para y me dice: “Usted es fulano”. Y lo primero que me dicen es: “Siempre creí en usted”, esa es fija. Y preguntan algo del caso. Y le cuento. Esa es la conversación típica.

-¿En su fuero íntimo usted sabe quién la mató?

-No lo puedo decir. Ya lo dije. Uno siempre tiene una percepción, pero puedo suponer con bastante seguridad quién está involucrado. Ahora si me preguntan quién apretó el gatillo, no lo sé. Creo que la Justicia está bien rumbeada.

Carlos Carrascosa: “Supongo con bastante seguridad quién está involucrado” – #Entrevista

La mención es tácita, pero no es nada casual. Carrascosa nunca menciona directamente a Nicolás Pachelo, el ex vecino de la familia en el country Carmel, y a los dos custodios Roberto Glennon y José Ramón Alejandro Ortiz, que fueron acusados por el crimen de María Marta e irán a juicio oral. Serán juzgados por el Tribunal Oral en lo Criminal de San Isidro Número 4, integrado por los jueces Osvaldo Alberto Rossi, Federico Guillermo Ecke y Hernán San Martín, en un proceso que se esperaba para agosto de este año y fue suspendido por la pandemia.

Nicolás Pachelo, hoy preso: irá a juicio por el crimen en 2021.Nicolás Pachelo, hoy preso: irá a juicio por el crimen en 2021.

En el libro aparecen varias versiones de Carrascosa. El que para rebelarse “de la sobreprotección” familiar se alistó en la Marina Mercante. El hombre hábil para los negocios, el que trabajó en la Bolsa, el que se hizo financista. El que bailaba abrazado a su esposa María Marta “Toda una vida”, del cubano Osvaldo Farrés, la canción que elegían los dos para celebrar el amor.

El que fue condenado y enviado a la cárcel.

-¿Cómo es el Carrascosa de hoy?

-El hombre que está aprendiendo a vivir libre, todavía. Hay ciertas cosas que tenés que ir acostumbrándote. Se aprende a estar preso y a estar libre. Cuando salí en libertad tuve que ir a la psicóloga. La primera vez en mi vida. Para entrar no fui, para salir sí. Tuve un quiebre. Estaba agresivo, sentí un rechazo de entrada. No sabía qué me iba a pasar. Además estando libre todos los dedos me acusaban. Y cuando salí la última vez en libertad me llevaron a una parrillita y de tres mesas me invitaron a tomar una copa. Hay que asimilar eso. No es fácil. Justamente la semana pasada la psicóloga me dio el alta. Ahora la loca es ella.

-¿Qué sintió cuando cayó preso?

-Cuando entré en la cárcel sentí alivio porque ahí dejó de estar presa la cabeza para estar preso el cuerpo. Y la cabeza comenzó a estar libre. Antes no podía proyectar nada porque no sabías cuando podía venir el sacudón. Estando preso luché por mi inocencia y busque reabrir la causa. Lo único que quería es saber quién la mató. Era el sueño que ocupaba el 95 por ciento de mi cabeza. Más que salir libre. Pero sentí un alivio al estar preso. Fue un calvario, pero me pasó eso. Suena horrible pero fue así.

-¿Cómo sobrevivió al encierro?

-Mi experiencia en la marina me ayudó mucho a estar en la cárcel. Yo trabajaba en la sala de máquinas ocho horas por día escuchando un ruido ensordecedor equiparable a las puertas de las celdas cuando se cierran, el llamado engome. Ese ruido de hierro estaba como impreso en mi cabeza. La diferencia es que los 20 yo elegí encerrarme. Pero hablo de la cárcel como un barco sin mar. En el buque estaba preso de alguna manera porque si bajaba estaba en el medio del mar. Estar preso es como un viaje a la Antártida. Estás solo, aislado y dependiendo el barco que venga a buscarte cuando termine la temporada. El barco quizá no llega por mal tiempo. Ese barco es la libertad.

-¿Que aprendió en la cárcel?

-Entré como burgués y salí ex preso. Hay muchos códigos. Y se viven situaciones que a uno lo marcan. Estando adentro conocí la parte buena de los hombres malos. El hijo de un compañero de celda trabajaba y estudiaba Derecho. Tenía 18 años y le conseguí los libros a través de una amiga que había dejado la carrera. Al final se recibió en la UBA con medalla de honor y trabajando. Y su padre me escribía viejo con b larga. Cuento otra: hicimos una colecta porque a la familia de un muchacho se le habían volado las chapas de la casa. Cuando le íbamos a dar el dinero nos dio las gracias, pero no quería nada porque la Municipalidad se iba a ocupar de arreglarle la casa. Se podía haber aprovechado del dinero y no lo hizo. En la cárcel no tenés para comer y te van a dar. En mi ranchada siempre sobraba algo. Siempre había algún paria y lo invitábamos a comer. Tenía que lavar los platos, lo único.

-En el libro recuerda cómo era pasar la Navidad en prisión…

-La Navidad en la cárcel es parecida a la de los barcos. Durísima. No se habló para nada. A nadie se le ocurrió decir Feliz Navidad. Terminamos de comer, cada uno se fue a su celda y entre algunos nos dimos un abrazo, en silencio. Y luego nos encerraron. La diferencia es que en los barcos brindaba, pero al final te encerrabas solo en los camarotes.

-¿Cómo fue el inesperado llamado del papa Francisco?

-Fue increíble. Estaba la misa del Papa con la juventud en Río de Janeiro. Eran las cuatro de la tarde y yo estaba en la celda. No era católico ferviente, pero me puse a mirar la misa. Ahí fue cuando Francisco dijo “hagan lío”. Me pareció que era la primera vez que Jesucristo bajaba a la tierra. Me encantaron sus palabras desacartonadas. Y ahí nomás me puse a escribirle una carta. Y puse dirección del Vaticano y la firmé y le dejé mi número de celular. Sí, tenía celular como tantos otros presos. Lo escondía de la requisa. Pasaron un par de meses y yo hacía un programa de radio en la cárcel de Campana. Y nunca llevaba el celular a la radio porque del pabellón hasta el improvisado estudio hay más de 300 metros y por ahí te cortan. “Te cortan” quiere decir que los guardias te requisan y te sacan el celular u otra cosa no permitida. Solía dejarlo escondido en la celda, pero ese día lo llevé. De repente sonó el teléfono. “¿Carrascosa? Le habla el papa Francisco”. Dicen los que estaban conmigo que me quedé blanco y sin palabras. El Papa me dijo: “Voy a rezar por usted, le pido que usted rece por mí”. Todo el penal se enteró. Y apareció un guardia que tenía un sobrino que esperaba un trasplante de corazón. Y me preguntó si le podía pedir al Papa una foto bendecida. Y la conseguí. Entonces cada vez que pasaba algo a algún preso o guardia, me decían: “Che, pedile al Papa tal cosa, tal otra”.

-¿Qué libro lo marcó estando preso?

Cinco panes y dos peces, del obispo vietnamita Nguyén Van Thuan. Estuvo preso 14 años por ser católico. Su inocencia era tan fuerte que convencía a los guardianes que se pasaran al catolicismo. Cada seis horas le tenían que cambiar la guardia para que no los convenciera. Se lo regalé al juez que me dio la libertad la primera vez. Le dije: “Mirá, esto es lo que siente un preso inocente”. El juez llegó admitir que se había equivocado conmigo cuando me dio la preventiva. Ese día llegó a su casa, dice que se puso a tocar el piano y el portarretrato de vidrio con la foto de su padre, un juez fallecido al que siempre admiró, se rajó. Lo vivió como una señal. Y a los tres días me dio la morigerada.

El fiscal Diego Molina Pico (Télam)El fiscal Diego Molina Pico (Télam)

-Usted fue preso por un delito que es castigado entre los presos. ¿Cómo vivió esa situación?

-Por empezar, creyeron en mi inocencia. Pero en el penal donde yo estuve es al revés. El mayor estatus es el que mata al policía. Después, el que mata a la mujer. Todos los presos te dicen que ellos quieren matar a su mujer. Es increíble pero es así. El peor estatus es el violador o el que mata a un chico. Después valoran a los pistoleros como el Gordo Valor, a los ladrones de guante blanco y en lo más bajo está el llamado cachivache, que roba para drogarse. Otros, para robar se drogan. Yo entré como burgués y salí como ex preso.

-¿Conoció a algún otro preso mediático?

-Al llamado ingeniero del robo del siglo al banco Río de Acassuso. Al cura Grassi, que es un tipo insoportable. Un mal compañero. Cuando salió el programa de Lanata denunciando que sacaba la comida de la Fundación para entrar en la cárcel y tenía una especie de oficina adentro donde manejaba todo, cayó una gran requisa de La Plata. Le sacó el celular a él y nos requisaron a todos. Y nos sacaron el celular a todos. Pasó el tiempo, recuperé el celular. ¿Cómo entró? No importa, son las cosas que se manejan ahí. La cuestión es que este señor Grassi seguía hablando por otro celular a gente que seguramente estaba con el teléfono pinchado. Teníamos requisa todos los días por su culpa. Lo odiábamos. No hace falta agregar lo que sentíamos por los delitos por los que fue condenado. Pero nos requisaban despertándonos a las dos de la mañana. También conocí al hijo y al sobrino del Gordo Valor, el ladrón de blindados. Compartimos traslado en una ambulancia. Se veía que había inquietud entre los guardias porque no sabían si venían a rescatarlos. Pero el chico les dijo: “quédense tranquilos que hoy no pasa nada y si pasa, a ustedes no les va a pasar nada”.

-¿Fuera de la cárcel intentó rehacer su vida?

-Sí, pero no funcionó. Ahora estoy viviendo solo y estoy feliz. En todos estos años viví en casa de mucha gente y tenés que amoldarte a las costumbres de esa gente. Y ya no tengo ganas.

-¿Cómo es un día suyo?

-Un día hago trámites, otro camino, otro día me embolo, otro duermo. Juego mucho al bridge en la computadora. No quiero ser rutinario. Hago mucho copetín, me gusta estar en un bar y ver gente. Soy sociable. Tampoco siento el paso del tiempo. No me preocupa. Si alguien me dice en cuatro horas te paso a buscar, yo me quedo tranquilo, no me preocupa la espera. Eso lo aprendí en la cárcel y en los barcos. Hay gente que espera diez minutos y se vuelve loca. Una cosa que sigo haciendo es jugar al bridge. Ahora por computadora. Siempre me fue bien en el juego.

-¿Al hipódromo no volvió?

-El turf es pasado para mí. Me encantan los caballos. Desde los 15 años que iba. Tengo pedigree. Mi papá y mi tío eran del ambiente. Mi tío me envidiaba. Era criador y tuvo 109 caballos. Nunca pudo ganar un clásico. Con el primer caballo que tuve, yo gané tres. Él no lo podía creer. Con el segundo gané dos. Y con el tercero, tres. Después cuando se me cortó la racha, como buen jugador vendí todo.

-¿Tiene algún proyecto?

-Quizá un segundo libro con lo que siga pasando en el caso. O con lo que no dije en este primer libro. No me importa que se venda y sea best seller. No quiero ganar plata. Quiero que se sepa la verdad. Que se escuche mi voz. Más allá de eso, me gustaría hacer radio.

-Tuvo entredichos con parte del periodismo. ¿Le sigue afectando que en muchos casos no le crean o lo sigan considerando culpable?

-Lo que más me cuesta es reconciliarme con la prensa, porque me han pegado tanto. En algunos casos recibí disculpas, en otros no. Pero no tengo odio ni rencores. Que me cagaron la vida, me la cagaron. Pero ya está.

Fotos: Lihueel Althabe

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infobae
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