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Daniel Feierstein: “En poblaciones que lidiaron con crisis fueron muy comunes los procesos de negación”

En esta entrevista explica por qué una parte de la sociedad siempre busca echarle la culpa a alguien, en este caso, al Gobierno. El negacionismo y la proyección, dos mecanismos psíquicos puestos en juego socialmente. Los medios, la oposición y los poderes económicos.

La pandemia no es un partido de fútbol, por ende, hay que dejar de creerse los geniales DT del coronavirus. “Lo que hay que hacer es poner muchas cabezas a pensar”, dice Daniel Feierstein, investigador del Conicet, que viene pensando desde las ciencias sociales cómo salir de la crisis provocada por el coronavirus. En esta entrevista desmenuza los conceptos de negacionismo y proyección que se han usado en los últimos meses para dirigir un odio antigubernamental: “No son los chinos, no los judíos, no son los barrios populares, entonces es el gobierno. Alguien tiene que tener la culpa”. Analiza además los errores y aciertos del gobierno, el rol de los medios de comunicación, de la oposición política y de los poderes económicos.

Feierstein es doctor en Ciencias Sociales por la UBA. Dirige el Centro de Estudios sobre Genocidio de la Untref. Sus últimos libros son La construcción del enano fascista (Capital Intelectual, 2020), Los dos demonios recargados (Marea, 2018), e Introducción a los estudios sobre genocidio (FCE, 2016).

–¿Porqué fracasan las estrategias para frenar los contagios? Usted habló de negacionismo y proyección

–Planteaba que los dos tienen características distintas. Una está ocurriendo y el otro es una amenaza a la que hay que estar muy atentos. El mecanismo de negación forma parte de nuestro aparato psíquico, todos nosotros lo tenemos y tiene que ver con una forma protectiva pero problemática ante circunstancias que no podemos afrontar. Cuando vivimos un suceso al que nuestro aparato psíquico le resulta difícil incorporar, muchas veces lo que hacemos es anularlo, hacer de cuenta como que no existiera para poder seguir viviendo y no acusar el impacto de esa transformación. Este mecanismo protectivo en algunas situaciones de la vida puede jugar un rol interesante. El problema es que en ciertas situaciones, estos mecanismos de negación generan respuestas muy disfuncionales. En una crisis de estas características en la que está en cuestionamiento nuestra vida y la de nuestros seres queridos, en la que nuestras prácticas cotidianas se ven transformadas de un modo muy abrupto y muy radical, es lógico que se generen respuestas de negación. Pero al mismo tiempo, se requiere asumir la transformación de esa realidad.

–El problema se estructura cuando el negacionismo se racionaliza y entonces ya no es solamente un mecanismo de negación, sino que también empezamos a darnos explicaciones de que la pandemia no existe, que no es tan grave, que estamos exagerando y que no tendríamos por qué cambiar nuestros comportamientos.

–Y a esto también se le dio un uso político buscando generar enojo frente al gobierno y construir un clima político que revirtiera esa interesante construcción comunitaria que se logró en marzo.

–En la historia se pasó por situaciones similares…

–Esto es lo que me llevó preguntarme si tenía algo que aportar desde mi campo. Entre los modos en que distintas poblaciones lidian con las crisis, la destrucción y los fenómenos genocidas, fueron muy comunes los procesos de negación y construcciones de modalidades de negacionismo racionalizado. En el caso del nazismo, hay un testimonio de uno de los miembros del Sonderkommando de Auschwitz, que cuenta sobre la llegada del contingente de un pueblo en el que vivió uno de los integrantes del comando. No toleraba la idea de que los iban a asesinar a todos y mientras le cortaban el pelo a una de sus amigas, decide contarle lo que les iba a suceder. La mujer comenzó a informárselo a todo el grupo. Inmediatamente comienzan a violentarse con ella y a pedirle que se calle. Finalmente ella desesperada comienza a gritar y alertar a todos los demás. Terminan asesinándola no sin previamente torturarla hasta que revelara cuál fue el miembro informante. Finalmente lo denuncia y lo arrojan vivo a los crematorios. El testimonio es desgarrador, pero muestra que aun en situaciones de muchísima más evidencia y gravedad que la de una pandemia, nuestros mecanismos de negación pueden llevarnos a negar lo evidente. Hemos sobreestimado el riesgo de pánico y la realidad es que no hemos visto en ningún lugar del mundo escenas de pánico con relación a la pandemia y subestimamos el rol de la negación.

¿Cómo influyeron los medios?

–Por un lado, una cuestión que no ayudó fue que ningún periodista asumió lo que esta situación le iba a generar o le estaba generando a nivel personal, entonces no hubo un proceso de autorreflexión. En muchos medios masivos, los periodistas transfieren su angustia a la audiencia y esto es tremendamente negativo. Me parece que no es algo que quieran hacer intencionalmente, pero sin embargo genera un daño. Entonces me parece que esto no es sólo un modo general de asumir la responsabilidad que tiene un medio de comunicación, sino que también es poder estar uno mismo centrado, para que su intervención busque llevar racionalidad y tranquilidad. Creo que en general los medios de comunicación jugaron el rol contrario.

–¿Hubo errores del gobierno?

–Más allá de los distintos errores del gobierno (que los hubo y muchos), se fue instalando la dificultad para encarar otro tipo de medidas e irradió a todo el país. Porque además podría entenderse que por el modo en el que se manejó la situación en Buenos Aires ese clima no era homologable respecto del resto país y sin embargo irradió en un estado de ánimo. Los medios nacionales, desde un clima de cansancio, de hartazgo, de “no queremos estar encerrados” producen paradójicamente el efecto contrario, porque si no podemos entender que tenemos que restringir los movimientos 15 días, entonces al final tenemos como resultado mucho más muertos y además tenemos que restringir los movimientos mucho más días.

Hay un discurso centrado en los números de muertos, de enfermos, acá y de todo el mundo. ¿Cómo se procesa?

–Me parece que por un lado es imposible de evitar. Uno tiende a tratar de adaptarse a la dimensión de lo que está pasando y también es cierto que genera una serie de efectos negativos la anonimización de las víctimas que pasan a ser solo un número. Es problemático pero diría que es muy difícil que ocurra de otra manera. Es un proceso y tiene que ver con la forma en que tratamos de simbolizar lo que pasa. El problema, y me gusta pensarlo como una metáfora futbolística, es que se presentó muy mal la situación desde un principio. Con una lógica muy triunfalista, clásicamente Argentina, de pensar que éramos el ejemplo del mundo, que estábamos manejando la pandemia mejor que Suecia. Creo que hubo una serie de errores que después jugaron muy en contra a la hora de tomar decisiones. Era totalmente irreal pensar que con la estructura sanitaria argentina, los lazos sociales que tenemos y con un Estado destrozado, íbamos a poder ser el ejemplo del mundo. Me parece que hubiese sido más realista plantear la posibilidad de tener un desempeño un poco mejor que el resto de América Latina. Y luego no nos habríamos frustrado tanto al encontrarnos en una situación que era como uno podría esperar, una de las peores del mundo.

–¿Cómo impacta la noción de que por nuestra argentinidad nos cuesta acatar las normas?

–En la Argentina hay grandes sectores de la población –no son los más vulnerables sino los más acomodados–, que creen que están por encima de la ley. Del mismo modo que alguien considera que no tiene que pagar los impuestos del lugar donde vive y que no tiene por qué aportar nada para la situación en la comunidad, cree que no tiene por qué respetar una medida de restricción de la movilidad en el contexto de una pandemia. Esto creo que se vio incluso en el momento de mayor cumplimiento, en los meses de marzo-abril y que en general fue uno de los motivos por los cuales en el AMBA no se pudo controlar la situación. Hubo una pésima administración del regreso de quienes estaban en el exterior, que se basó en confiar en que un sector social y un grupo de gente que históricamente se caracterizó por no cumplir las normas, iba a cumplir simplemente porque le decían la norma de quedarse 14 días en su casa.

–Usted criticó la mirada únicamente médica, que no tuvo en cuenta a las ciencias sociales.

–Absolutamente, una mirada médica que implicó no sólo no tener en cuenta las ciencias sociales sino no tener en cuenta cómo es la sociedad argentina. Un modo de trazar los casos, que quiere decir identificarlos y poder aislarlos aclarando su contacto, se logra por ejemplo en Corea geolocalizado a la gente y con un mensaje por celular que la gente recibe y se queda en su casa. En Argentina y en el resto de Latinoamérica no tenemos geolocalizada a la gente, ni siquiera lo queremos construir. Con los servicios de inteligencia que tenemos, no sería recomendable. Entonces el desafío era: cómo construimos una trazabilidad a la latinoamericana y cómo hacemos para poder identificar y aislar esos casos con las herramientas que nosotros tenemos. Yo lo llamo una trazabilidad analógica, a través de procedimientos más caseros, pidiéndole a la población que haga una lista de sus contactos. Tuvimos un equipo de trazadores que comenzó a armar la provincia de Buenos Aires, pero en el mes de agosto; a nivel nacional no existe nada así. En muchas jurisdicciones tampoco, en algunas pequeñas sí pudieron tratar de implementarlo y funciona medianamente bien. También tuvo que ver con la falta de la mirada de las ciencias sociales la cuestión de las cinco fases que nadie nunca terminó de entender, porque es imposible en esta situación. Ningún lugar sabe en qué fase está.

–¿Qué habría que haber hecho?

–En una situación de crisis hay que apelar a modelos más binarios porque son mucho más fáciles de incorporar. Esta pandemia tiene dos momentos, cierre y apertura. Lo que hay que entender es que ninguno de esos dos momentos va a ser la vida que teníamos antes, y es una cuestión importante que creo que no se machacó lo suficiente. Aun los momentos de apertura implican que hay un montón de limitaciones, un montón de cuidados que tenemos que tener, que no necesariamente son invitaciones económicas.  No podemos reunirnos en nuestra casa con nuestros seres queridos mayores. Y si lo hacemos tenemos que implementar toda una serie tremenda de cuidados. Si yo quiero ver a mi padre la única forma de hacerlo de un modo seguro, es aislarme 14 días y estar convencido que no me vi con nadie, de que no tengo el virus y, sólo en esa situación, podría hacer esa visita. Ahora se dan dos opciones: no veas nunca más a tus seres queridos o andá a verlos, jugate y ya está. Falta trabajar la instancia intermedia. Hay que saber qué cuidados y protocolos deben utilizarse en la instancia apertura y cuando la cosa se pone fiera, hay que cerrar; y cerrar no implica seis meses, sino que voy a estar dos semanas con una restricción muy severa.

–Nos quedó pendiente hablar de la proyección.

–Yo la veía más como una amenaza. La proyección es otro tipo de respuesta pero que muchas veces está muy vinculada con la negación. Se manifiesta cuando estamos frente a una situación en que desborda la incertidumbre, el odio, la imposibilidad de entender, incluso la negación, el enojo y la desazón. Es una forma de salir de esas situaciones encontrando un responsable. Eso a lo largo de la historia –también en procesos genocidas, en desastres naturales, en epidemias–, ha implicado la posibilidad incluso de que se llevaran a cabo masacres que no tienen que ver con propio desastre, sino una masacre como resultado de las proyecciones. Acá hemos visto asomar esos dos o tres meses, al principio de la pandemia, la cuestión de la comunidad china o algunas acciones, por suerte muy incipientes, como los responsables que traían el virus. Cuando empezaron a llegar desde Europa y Estados Unidos se dejó de estigmatizar. Después apareció toda la lógica conspirativa.

–También contra China y Rusia…

–Tal cual. Entonces me parece que hay que estar muy atentos, porque por suerte eso se fue más o menos controlando en nuestro país, pero yo creo que se ha utilizado en los últimos meses como un intento de dirigir un odio antigubernamental. No son los chinos, no los judíos, no son los barrios populares, entonces es el gobierno. Alguien tiene que tener la culpa.

–¿Cuál es la responsabilidad de los opositores que lo usan en su propio beneficio?

–Creo que en el gran conjunto de partidos opositores, no refiriéndome solo a Juntos por el cambio, la respuesta inicial que se vio, y en muchos casos se sigue viendo, es una respuesta de mucha responsabilidad, sobre todo en aquellos partidos opositores con responsabilidad de gestión. Lo que tenemos es un núcleo que yo lo venía trabajando justamente en mi último libro La construcción del enano fascista, que habla de cómo ha atravesado a la estructura política el surgimiento de un neofascismo en Argentina. Entonces vemos surgir por primera vez un partido político que tiene representación electoral, que sacó en las PASO del 2019 un 3% en todo el país, que sale del 0,1% que tenía históricamente en la Argentina. Pero después lo vemos emerger también en figuras de la estructura política más representativa. Me llama la atención el rol que empiezan a jugar Patricia Bullrich y Miguel Ángel Pichetto. También vemos emerger el fascismo en el propio peronismo. Se puede señalar a Sergio Berni o a Guillermo Moreno expresando más o menos lo mismo, aunque sea con una direccionalidad distinta, que es el rol de las fuerzas de seguridad, la estigmatización permanente del otro, la burla y el desprecio por la defensa de los Derechos Humanos, toda una cantidad de cuestiones que son clásicas del fascismo y que uno las ve atravesando a las grandes estructuras políticas.

–El rol de los poderes económicos estuvo siempre de fondo y en los últimos días con las restricciones a la compra de dólares, sumó una alarma más.

—Es la creación de un clima económico de inestabilidad que lo que busca es complicar la posibilidad de gobierno en el contexto de una pandemia, aun sabiendo que complicar esa posibilidad de gobierno implica ir directo hacia el caos y por lo tanto darle mucho poder a la posibilidad de emergencia al fascismo. Esto no es nuevo, el fascismo en los años 40 en Europa también fue acompañado por los grupos económicos concentrados porque ese caos creado por el fascismo permite redistribuciones regresivas de la riqueza de gran contundencia.

–¿Cómo salimos de este escenario?

–Tenemos que abandonar la mirada también propiamente argentina de que todos sabemos cómo son las cosas. Yo decía, todos somos los DT de la pandemia. Me parece que uno puede poner un granito de arena. Lo único que puedo decir es que tomemos en cuenta estos elementos, incorporemos estas cuestiones. Las cuestiones centrales son: construir un sistema de trazabilidad, aclarar qué implica la nueva normalidad, olvidarnos de las cinco fases y construir viabilidad sociopolítica para los casos de los lugares en que el sistema de salud está en peligro.

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